8 oct. 2010

Día 8: Confrontación

Terminó al fin.
Como ya es costumbre, esperé a la hora de la salida a que apareciera ella. Tal vez la vería con mi amigo, el que saliera con ella hace dos días, o tal vez le tocara repetir al de ayer, o cabía también la posibilidad de que hubiera un tercero. Eran muchas la posibilidades que repentinamente aparecieron en mi cabeza, demasiadas las teorías y mucho más era el dolor.
Durante mi espera, abría y cerraba mis puños, una y otra vez, repitiendo para mis adentros todas las cosas que había vivido con ella. Cada instante de los últimos días había pasado por mi mente en una recapitulación de mentiras, de farsas, de un engaño cruel hacia mí y que fue edificado y ejecutado por la persona de la que menos lo esperaba, y a la que más cariño le tuve. Todas mis ilusiones se fueron directo al infierno, y yo con ellas, haciendo compañía al intenso fuego desgarrador y cruel que castiga eternamente. Pero no entiendo porqué me castiga, si no hice nada malo…
En cuanto la vi salir corrí hasta ella. No me importó nada a mi alrededor, ni el auto que casi me atropella al cruzar la calle, ni las dos o tres personas que empujé a mi paso, y mucho menos la caída que logré frustrar en mi desesperada carrera. Nada me importó en esos segundos que tardé en aproximarme lo suficiente a ella. Mi furia era a penas contenible, y mi deseo de hacer algo, de desahogarme, estaba a punto de escapar de mis fuerzas.
Ella pudo verme desde lejos. No hizo nada además de sorprenderse. Obvio. No me había visto así en el tiempo que me conocía. De hecho, ni siquiera yo conocía esa faceta. De cualquier forma, no hizo nada por detenerme, ni siquiera por escapar. Sólo se quedó ahí parada, esperando mi llegada, como si lo estuviese esperando desde tiempo antes, provocándome.
Eran tantas las repeticiones de mis puños abriéndose y cerrándose… Era la única forma de retener mi ira en ese momento. Mis pies redujeron su velocidad al andar mientras más me acercaba a ella, como si quisiera alargar la agonía que me causaba verla ahí, tan despreocupada. ¡Oh Dios! Si lo que quería era terminar con todo cuanto antes.
Me saludó con un “Hola” poco antes de que la tomara de los brazos. No respondí, he de admitir, ya que si lo hubiese hecho, seguramente mis palabras habrían sido veneno puro. No tenía en mente decir otra cosa que no fueran insultos o reclamos. Ella pareció notarlo. Lo ví en sus ojos.
Casi de inmediato, dos tipos se acercaron a nosotros. Conocidos o amigos de ella, seguramente. No los reconocí y hasta este momento no puedo recordar sus caras. Ambos, uno de cada lado, me sujetaron como si fuera presidiario, con la clara intención de retirarme de ella. Claro imbéciles, como si me fuese a dejar…
El tipo de mi lado izquierdo era más débil que el otro. Lo noté en cuanto me sujetaron. Aproveché esa debilidad para zafar primero ese brazo. Acto seguido, lo usé para golpear la frente del tipo de mi lado derecho antes de que actuara. El débil no supo que hacer, y de nuevo me hallé aprovechando su debilidad. Otro golpe en la frente, como recordatorio de que no debían tocarme.
Ella se llevó las manos a la boca mientras retrocedía unos pasos. Más personas se acercaron, algunas alegando en mi defensa, pero la mayoría estaban a favor de los dos tipos que ya estaban en el suelo. No me inmutó eso. A final de cuentas, yo quería hablar con “Ella”, nadie más. Echó a correr. Me dispuse a alcanzarla, y de nuevo se frustraron mis intentos al encontrarme con uno de mis amigos. Precisamente el primero con quien la viera apenas unos días antes.
Recuerdo su expresión. La recuerdo y me da asco… Era como si me tuviera lástima, como si estuviera actuando de una forma indebida. Estoy seguro que el muy hipócrita hubiese actuado mucho peor si los papeles estuvieran invertidos… De nuevo, mi puño derecho tuvo recepción en un rostro.
Continué en la persecución. Ella no había corrido mucho. La alcancé casi enseguida y de nuevo la sujeté de los brazos, haciéndola girar su mirada hacia mí. La miré a los ojos y, aún jadeando ambos, le pedí explicación ante lo que estaba sucediendo. Su respuesta no pudo ser menos satisfactoria: “¡Aléjate de mí! ¡Estás loco! ¡No quiero saber nada de ti! ¡¿Entendiste?! ¡¡¡NADA!!!
Solo de pensar en esas palabras vuelvo a sentir ese vuelco en mis entrañas, esa explosión en mi cabeza, esa destrucción de mi amor…
No le respondí de inmediato. Continué mirándola, pero no dije nada. No sé qué es lo que pasaba por mi mente para entonces. Escuché sus palabras, entendí lo que quería decirme, y no obstante, continuaba aferrándola con mis manos. Sé que mi ira no se esfumó ni siquiera en ese momento. Lo sé por la mirada de ella. Tenía en su mirada el miedo…
No sé cuanto tiempo pasó. Con ella me solía suceder. La solté finalmente. Di media vuelta mientras escuchaba sus sollozos y decidí irme. Solo pudimos decir en voz baja pero aún audible y al unísono “Esto terminó”
Por más que intento recordar, no puedo decir el cómo llegué hasta mi casa. La noche aún no caía, así que no anduve vagando mucho tiempo. Es curioso, pero desde ese momento en que dijimos “Esto terminó”, no tengo ningún pensamiento de ella. Pareciera que se esfumara de mi mente tan pronto como dijimos esa frase, del mismo modo parecen haberse ido el resto de mis recuerdos de esta tarde.
Ni siquiera ahora que estoy escribiendo lo sucedido puedo recuperar esos recuerdos de lo que sentí luego de terminar con ella. Creo que es indiferencia lo que siento en estos momentos.
Tal vez era lo que esperaba. Tal vez esto sea lo mejor para los dos…

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