17 nov. 2011

Otoño

Nunca me pareció un largo periodo,
siempre creí que era un simple enojo.
Supuse que todo sería un malentendido,
una anécdota más de lo que hemos vivido.
Hoy me doy cuenta de que podría ser más,
podría ser incluso de nuestra historia el final.
Creí que el ardor del verano se esfumaba,
que contigo la tranquilidad se aproximaba.
Mi ilusión era terminar la temporada
que a ambos todavía abrumaba
y así juntos iniciar una nueva etapa.
Pero no fue así, nunca pudo serlo.
Mientras yo veía en tu ser ese cielo
con tus bellos ojos encendiendo el firmamento
tú te limitaste a un simple acercamiento.
Dejaste que cayeran las hojas del otoño,
despertaste nuevos sueños bajo su luz de oro,
aceptaste avanzar caminando a mi lado
prometiendo que jamás miraríamos al pasado.
A eso y mucho más nos aventuramos,
pero nunca te atreviste a olvidar el verano.
Hoy me he dado cuenta de mi equivocación:
no eras mi otoño, mi anhelada estación,
ni siquiera un verano para mis recuerdos.
Hoy he descubierto que eras el invierno.
Viniste a apaciguar el clima en que vivía,
calmaste inclusive de mis sueños la caída,
pero al poco tiempo desataste la tormenta,
una nevada letal de magnánima tristeza.
Te alejaste de mí dejando solamente
recuerdos empañados con frialdad indiferente.
No te reprocho nada, no encuentro qué.
No seré como el verano, no te acecharé.
Aún con la distancia, a tu lado estaré,
podrás olvidarme pero yo nunca lo haré.
Volveré a ser tan frío como el hielo,
te seguiré cuidando y te seguiré queriendo.
Tal vez me convierta también en tu invierno,
pero nunca como el verano que para ti fue infierno.

Kaiser – Mayo 2010

Que Me Odies

Haré que me odies como a nadie en esta vida
seré de lo peor, una escoria repulsiva.
Nunca más me querrás al alcance de tu vista
seré la persona más aborrecida.
No querrás siquiera dirigirme una mirada,
inclusive mi amistad te parecerá insensata.
Odiarás todo con lo que me relacionabas
y entre nosotros no quedará nada.
Voy a ignorar tus palabras vacías
y me olvidaré del recuento de tu vida.
Me despojaré de todos los recuerdos
y haré que tú también te olvides de ellos.
Destruiré todo lo que nos unía,
es mi decisión, es mi única salida.
Lo que prometiste será como cenizas
que en el aire flotarán totalmente a la deriva
y aunque me iré, no esperes mi partida
pues diré que mis palabras sólo fueron mentiras.
Conseguiré tu odio, el mayor desprecio,
será mi obsesión, me convertiré en necio,
nada de mí debe estar en tu mente,
verás cómo mi rostro en tus memorias perece.
El fuego de la ira me consumirá
y de nuestros momentos nada recordarás.
Perderá significado incluso el sentimiento
que un día te profesé y que pronto estará muerto.
Quiero que me odies, voy a conseguirlo,
es la única manera de acabar con mi suplicio,
porque al odiarme yo querré hacer lo mismo
a pesar de que hoy aún sueño contigo.
Mi alma no me permite deshacerme de ti,
antes de ello a mi vida pondría fin.
Es por ello que deseo que me odies para siempre,
intentaré alejarnos, la cercanía me hiere,
así no habrá nada que nos tenga unidos.
solamente el rencor y el deseo de maldecirnos.
Haré que me odies, hoy es todo lo que quiero,
es la única forma de control que encuentro
porque mi corazón herido lo tengo
y en el desamor ya estoy entendiendo
que venganza buscaré sin importar el medio
y sólo con tu odio evitaré hacerlo.

Kaiser – 26/7/09

17 oct. 2011

Otra Vez

Ya eran las 5 de la tarde y Bernardo aún no sabía nada de Magdalena. Ella lo había citado en la cafetería del edificio "de moda", ese del que todos hablaban. La voz quebrada de la llamada le hacía suponer las peores cosas, así que había acudido cuanto antes al lugar. En cuanto levantó la mirada de su reloj, luego de consultar por sexta ocasión la hora, notó que se acercaba una silueta femenina hacia él. La reconoció de inmediato.
- Déjame adivinar…
Ese par de palabras que Bernardo pronunció bastaron para que su amiga dejará de contener su sufrimiento y comenzará a llorar. Pero era verdad, el rostro de Magdalena permitía eso, adivinar lo que había sucedido.
- ¡Ay Bernardo! No sé qué hacer. Lo encontré con otra.
- Con otra… otra vez- era la tercera vez que el novio de Magdalena le era infiel desde que iniciaran su relación-. ¿Ahora cómo fue?
- Lo dices como si…
- ¿Como si fuera algo constante? Pues lo es, Magdalena. A ese tipo ya le gustó eso de serte infiel.
- No le digas así. Es mi novio, tiene un nombre.
- Y también muchos adjetivos- dijo entre dientes Bernardo-. Bueno, ¿me vas a contar qué pasó?
La historia era predecible para Bernardo. De hecho, esta vez se asemejaba mucho al primer relato de su amiga: ella tenía un viaje de trabajo que se canceló de último momento, y al regresar su departamento, se encontró con los planes del susodicho novio, es decir, que durante la ausencia de Magdalena, había decidido salir y acostarse con una exnovia, la cual, en palabras de él, "sólo era una amiga que veía ocasionalmente para platicar". Una historia que Bernardo llevaba mucho tiempo escuchando, no sólo por parte de Magdalena.
Como solía suceder, el sólo comentarlo con alguien ajeno a la situación había significado un gran desahogo para ella. Ya más tranquila, comenzó a recordar las vivencias con su novio. Bernardo escuchó paciente, conteniendo las palabras que quería decirle desde la primera vez que supo de las infidelidades del novio de su amiga. Sin embargo, sabía que era necesario que ella misma se diera cuenta de las cosas y de que su novio nunca cambiaría, por muchas esperanzas que tuviera o por esfuerzos que realizará. El tipo era un patán de formación.
Recordó que el principal argumento de Magdalena para no dejar a su novio era la historia de cómo se conocieron. A parecer de Bernardo, uno de los máximos ejemplos de la sumisión en cuestión de declaraciones amorosas, a pesar de que su amiga prefería llamarle "espontaneidad". En resumen, el tipo la vio, se acercó a ella, le dijo que era muy guapa, y luego de algunos minutos de plática, la presentó a sus amigos como su novia. Y a partir de ese momento inició la condena. Ella comenzó a acostumbrarse a que le consideraran la novia de aquel patán, pues le parecía que todo ese asunto era un gesto romántico, un ejemplo de la decisión y seguridad que tenía su ahora novio. Bernardo no dejaba de pensar que había sido más bien una demostración del machismo de aquel "hombre" y, muy a su pesar, de la sumisión de su amiga.
Desde ese acontecimiento habían pasado poco más de seis meses, de los cuales fueron "muy lindos y especiales" los primeros tres. Posteriormente vino la primer infidelidad hacia Magdalena, la cual fue perdonada luego de media hora de ruegos y excusas. La segunda infidelidad había tenido lugar a los dos meses, y aunque el coraje de Magdalena había perdurado poco más de una semana, bastaron una serenata con dos canciones de arrepentimiento y un ramo de flores para que, en palabras de ella, la llama de su relación volviese a encenderse, e incluso con mayor ahínco, pasión y amor que antes. Esto, para Bernardo, sólo significaba que su amiga había tenido mucho sexo de reconciliación.
Y ahora estaba en una cafetería, sentado frente a ella, mirando el dolor que desprendían los ojos de su amiga, escuchando el temblor de su voz, la pena que a penas y podía contener en su relato. No pudo aguantar más.
- Mira, ese tipo es un patán. No te merece.
Magdalena quedó anonadada por unos instantes ante el tono que su amigo había empleado. Nunca lo había escuchado enojado, y menos dirigiéndose a ella. Siempre había sido muy tranquilo. Tal vez por ello le tenía la confianza para contarle lo que pasaba en su relación.
- Pe… pero… es que lo amo.
- No Magdalena, no lo amas. Sólo estás acostumbrada a él. Puedo que no sean años los que se requieran para amar, ni que sean los que lleves a su lado, pero definitivamente no lo amas. Te acostumbraste a él, a su compañía, su voz, su mirada, su tacto. Estás ensimismada por lo que consideras que fue una "muestra de su decisión" cuando se te declaró. Bueno, cuando te hizo su novia, más bien. Y ahí comenzó el problema. Tal vez en un inicio no le diste importancia, pero después lo consideraste algo normal, y al poco tiempo ya era una verdad para ti. Eras su novia, no porque así lo decidieran o porque te convenciera , sino porque actuó como si así fuera.
Bernardo hizo una breve pausa, como si quisiera que su amiga digiriese lo que acababa de decir. Miró en sus ojos y notó cierto destello de lo que consideró "cordura". Al parecer, sí estaban surtiendo efecto sus comentarios. Esperaba que así fuera y que, de una vez por todas, Magdalena se olvidará de ese parásito que sólo le estaba causando penas.
- Sé que no es fácil escuchar este tipo de cosas, y mucho menos aceptarlas, pero créeme, es la verdad. Así como te lo digo yo te lo pueden decir las personas que te quieren y te conocen desde antes que anduvieras con ese tipo. Antes eras una persona diferente, tenías una alegría constante y una sonrisa que fascinaba. Pero ahora, toda esa alegría que emitías la cambiaste por dolor y penas, y lo peor de todo, es que son causadas por ese que dices amar, pero que no te ama.
Golpe bajo. Aunque Magdalena ya esperaba frases así, el impacto que le causó el oírlo no podría haberlo prevenido. A penas y pudo contenerse en su asiento. Quería decir que no era verdad, pero algo en su interior le detuvo.
- Así es Magdalena, él no te ama y nunca te amo. Si quieres pruebas, basta mencionar sus infidelidades. Para ser sincero, yo no perdonaría la primer infidelidad, y por ende no habría más. Sin embargo, tú sí le perdonaste su traición, ¿y cómo te pagó? siendo infiel una segunda ocasión, de la cual salió tan arrepentido que decidiste darle una segunda oportunidad en su segunda oportunidad. ¿Y ahora qué pasará? ¿Le darás otra oportunidad más? ¿Otra oportunidad para traicionarte y causarte más daño?
- No- titubeó para articular su respuesta-. Ya no quiero sufrir con ese tipo de cosas.
Bernardo suspiró con alivio.
- ¿Entonces qué harás?
- Le llamaré y le diré que ya todo acabó. Que no volverá a pasar.
- Magdalena, no sabes el gusto que me da escucharte decir eso. Al fin ves las cosas como son y no como te dicen que son.
Ambos sonrieron mientras se miraban.
Fue entonces que Bernardo miró su reloj. Ya casi eran las 6 de la tarde y debía atender una cita en su oficina. Se disculpó con Magdalena por la crudeza de sus palabras y por tener que despedirse tan pronto. Prometió llamarle para que salieran a tomar otro café, le dio un beso en la mejilla y se alejó mientras llamaba al mesero para pagar la cuenta.
Así. Bernardo se dirigió a continuar su trabajo, pensando en cómo Magdalena volvería a ser como la conocía, tan radiante y llena de alegría. Ella, mientras tanto, se quedó en la mesa sonriendo, contemplando la ventana mientras se repetía las palabras que le había dicho a Bernardo: "Le llamaré y le diré que todo se acabó". Sacó su teléfono celular de la bolsa que llevaba y buscó el número del que aún era su novio. Marcó y esperó a que le contestara. En cuanto escuchó su voz, sintió punzadas en el estómago y comenzó a decir: "Todo se acabó. Todo mi coraje y dolor se acabó. Te perdono amor. ¿Nos veremos por la noche?"



FINAL ALTERNATIVO

Ambos sonrieron mientras se miraban.
Fue entonces que Bernardo miró su reloj. Ya casi eran las 6 de la tarde y debía atender una cita en su oficina. Se disculpó con Magdalena por la crudeza de sus palabras y por tener que despedirse tan pronto. Prometió llamarle para que salieran a tomar otro café y celebrar así el comienzo de su nueva vida. Le dio un beso en la mejilla y se alejó mientras llamaba al mesero para pagar la cuenta.
Así fue como Bernardo se dirigió a continuar su trabajo, pensando en Magdalena. Finalmente dejaría a aquel imbécil. Había sido bastante difícil preparar tantas infidelidades hacia Magdalena, en especial con la misma mujer, pero alguien que necesita dinero siempre es fácil de convencer. Bernardo sabía de la situación precaria que vivía la exnovia de aquel tipo, así que no había sido complicado convencerla. Lamentablemente, no contaba con la persistencia de Magdalena y su ahora exnovio, así que tuvo que repetir la operación un par de veces. Pero "la tercera es la vencida", como dicen por ahí, y ahora tenía el campo libre para conquistar a su amiga.
Mientras tanto, en la mesa de aquella cafetería, Magdalena seguía sonriendo, contemplando la ventana mientras se repetía las palabras que le había dicho a Bernardo: "Le llamaré y le diré que todo se acabó". Sacó su teléfono celular de la bolsa que llevaba mientras pensaba lo que diría el mensaje de texto que pensaba mandar, pero entonces decidió que ese mensaje se lo haría llegar de manera más efectiva. Se levantó de su asiento sin dejar de mirar la ventana.
Bernardo y Magdalena salieron al mismo tiempo del edificio. Él por la puerta principal, ella por la ventana del décimo piso.

31 may. 2011

Hoy Vi A Pablo

Hoy vi a Pablo. Sé que me dirás que eso es bueno, pero no, no lo es.
Lo vi por la tarde, a la hora de la comida. Al entrar a ese restaurante, no presté atención a nada de mi entorno, pues me encontraba bastante concentrado en una llamada. Fue por ello que entré como si conociera perfectamente aquel sitio, como si de un pasillo vacío se tratara, ignorando el ruido alrededor. Me dirigí a una mesa, la primera que noté vacía y que no estuviese cerca de la entrada, pues el ruido de la calle nunca ha sido mi mejor compañero para comer. Además, la noche anterior no había logrado conciliar el sueño debidamente, y en toda la mañana no había tenido oportunidad de beber siquiera un sorbo de café, así que mis alimentos debía ingerirlos de la manera menos estresante posible.
Así pues, elegí una mesa, aún con el celular pegado al oído, y me dispuse a ver las opciones gastronómicas del día. Nuevamente, mis ojos no enfocaron a otra cosa que no estuviese enfrente mío, y en aquel momento era el pequeño menú. No parecía malo, así que hice señas al mesero para comenzar a comer cuanto antes, pues no tenía mucho tiempo libre.
Mientras tanto, la llamada que minutos antes había iniciado, casi llegaba a su fin, mientras que daba inicio mi lapsus de ingesta. Por primera vez miré a mi alrededor, y noté el suave color verde de las paredes. Siempre me pareció irónico que un color tuviese "textura", pero esa sensación me daba el decorado del local. A mi izquierda, algunas mesas estaba ocupadas por un par de familias, una pareja y un grupo de, lo que parecían ser, compañeros de trabajo. A mi derecha, otro par de mesas habían sido utilizadas por una sola persona, salvo la mesa contigua a la mía, que recién era ocupada por un grupo de tres hombres y una mujer, todos ellos notoriamente "oficinistas". En la televisión transmitían una película, de esas de acción. Me resultó algo llamativa, así que la vi mientras comía. Fue ahí cuando comenzó lo raro.
Inevitablemente, las voces del grupo de comensales a mi lado llegaron a mis oídos, y aunque no puse atención a sus palabras, el tono de voz de uno de ellos llamó mi atención: era un tono grave pero ligeramente nasal. Sabía que nunca le había escuchado, pero algo en mi ser indicaba que sí, que de alguna manera y en algún lugar ya había escuchado esa voz. Miré de reojo a la mesa de donde provenía dicha voz, y la primer silueta que distinguí en mi rango visual me sorprendió. Giré rápido pero discretamente mi cabeza, mirando hacia el plato del cual comía. No podía ser posible. Esa silueta, la nariz, el mentón, la frente, todo. Era imposible… pero era.
Desde ese momento, las ideas y sugestiones no dejaron de rondar en mi cabeza. ¿De verdad era Pablo? ¿Mi amigo al que hace años no veo? No, no podía ser. Era imposible que estuviese ahí. Además, no me había reconocido, y aunque físicamente he cambiado desde aquellos días de escuela en que solíamos juntarnos toda "la banda", pues no era tan drástica mi metamorfosis. No, no podía ser él.
Seguí con mis alimentos, y en algunos momentos, mirando la televisión para saber cómo iba la trama de la película. Sin embargo, eso sólo era un pretexto para ver de reojo a aquel hombre que reía de manera discreta con cada anécdota de sus compañeros. Así pasaron varios minutos, hasta que me di cuenta que recién terminaba mi primer platillo, mientras que en la mesa contigua ya se preparaban para irse.
Me dije una y otra vez que no era él, que era imposible. Aunque Pablo bien podría estar trabajando en aquella zona, no podía tratarse de él, sólo de alguien muy parecido, o incluso podía ser una mala broma de mi paranoia. Sí, eso era. Mi paranoia.
No le di más importancia al asunto, y continué comiendo. Fue entonces que levanté un poco la mirada y vi de frente a aquel hombre tan parecido a mi amigo. No eran parecidos, sino idénticos. No sé si mi asombro fue notorio en aquel momento, sólo sé que recibí como respuesta un simple y sencillo "Provecho" de ese hombre, seguido de un a penas audible "Hasta luego". Eso fue suficiente para que viera a mi amigo Pablo ahí, frente a mi.
No sabría describir ese instante, el reencuentro con una persona a la que hace tanto tiempo no veía, de quien no sabía nada, a quien no visitaba desde hacía mucho. Fue un momento de felicidad, como si del renacimiento de una hermandad se tratara. En un instante vinieron a mi memoria todas aquellas vivencias en el colegio, cuando nuestro grupo de amigos sobrepasaba la docena, aquellos tiempos en que convivíamos como si la vida nos deparara años de comodidad y benevolencia. Ese recuerdo se esfumó tan pronto como había acudido a mi mente.
Miré cómo se alejaba Pablo en dirección a la salida, mientras la luz de la calle creaba alrededor de su figura una especia de aura blanquecina. Estaba seguro que era él. No debió reconocerme en aquel momento. Finalmente, ya han pasado algunos años desde la última vez que nos vimos, de la última vez que hablamos. La última vez…
Hoy por la tarde vi a Pablo, uno de mis mejores amigos de mi adolescencia. Lo vi, pero no me reconoció, y yo no lo reconocí sino hasta el último instante. Ese hombre era Pablo, tenía su mismo perfil, su mismo tono de piel, y aunque el tono de voz difería de como lo recordaba, estaba seguro que se trataba de él. En cuanto salió del restaurante, tomé mi teléfono celular nuevamente y comencé a buscar en el directorio los números del resto de mis amigos, aquellos a los que aún seguía frecuentando y que sabía también llevaba tiempo que ignoraban del paradero de Pablo. Entonces me detuve. No ignoraban dónde estaba nuestro amigo, lo sabían muy bien. Y yo también lo sabía perfectamente.
Hoy vi a Pablo, aquel amigo, casi hermano, que desde hace años no veía. Tal vez sería algo bueno, de no ser porque han pasado 6 años desde su fallecimiento…

Este texto está basado en hechos reales acontecidos la tarde del día lunes 30 de mayo de 2011, y está dedicado a la memoria de quien fuese un gran amigo, no sólo mío, sino de todos quienes le conocieron.

Kaiser – 31/05/11

27 may. 2011

Carta a la Amada

El siguiente texto es, para algunos, una "prosa libre", pero en lo personal, me gusta llamarles versos. Data de la época en que jugaba mucho el ya extinto juego de cartas intercambiables (Trading card game o TCG, para futuras referencias) Mitos y Leyendas (MyL).
En las cartas de dicho juego, se incluían algunas citas, descripciones o reflexiones relacionadas con la imagen de la carta, que podía ser desde un personaje famoso hasta un lugar, una leyenda, una frase incluso.
Para el caso de este escrito, me basé en las frases de una carta que tenía por nombre el mismo que esta entrada. Utilicé dichas frases como base de los versos siguientes, aunque la esencia inicial se difuminó un poco para darle mejor secuencia a las frases. Subrayadas verán las frases originales.
Por si a alguien le interesa, la carta en cuestión pertenece a la expansión Barbarie, y es una carta Oro normal.


Esto que vez soy yo, ni más ni menos
un pedazo de ser
que no consume el fuego.
Un simple hombre en este universo
que día a día recorre su sendero.
Si es que voy lento al tiempo de andar
es porque sólo pienso en volverte a mirar
y es que sólo quiero poder regresar
para ser un momento un trozo de humanidad.
En este lugar desde donde escribo
a veces me parece que es el infierno mismo
pues a falta de tu presencia en tan enorme abismo
comienzo a enloquecer y sólo me imagino
estando contigo esta noche misma
donde nos daremos un puñado de risas.
Con la sueva brisa que roza mi mente
comienzo a creer que ya es inminente
la bella circunstancia de que nuevamente
aquí, entre mis brazos, pueda yo tenerte.
Casi me parece ver ese momento
en que finalmente estemos juntos de nuevo
y donde así, acompañado del silencio
te podré contar un montón de sueños.
Una cuota de locura hoy de pagar
y aunque parezca absurda mi forma de pensar
con esta carta burda te quiero entregar
un pedazo de dulzura con toda mi sinceridad.

Kaiser – 15/02/05

23 may. 2011

Un Héroe de Verdad

El escenario era todo un cliché: una noche lluviosa, la calle desierta y a penas iluminada por un par de faroles. En un extremo, se encontraba nuestro héroe, un hombre joven pero de apariencia demacrada, debido principalmente a las últimas semanas de peleas constantes en las calles. Algunas de sus heridas aún estaban abiertas, pero no eran letales,y el agua de la lluvia las diluía sin problema alguno. En su mirada se reflejaba el fuego del orgullo, ese que todo héroe debe tener para ser capaz de vencer a sus rivales. Su rival, ese que lo esperaba en el otro extremo de la calle, le miraba sonriendo.
Mucho se había escuchado en las calles respecto al joven héroe. Se hablaba de su coraje, de su valor, incluso de su fuerza y agilidad. Hablaban de todos aquellos "encargados" de las colonias cercanas que habían sido derrotados por el joven. Lo que nadie se había atrevido a hacer por años, un muchacho desconocido lo había conseguido en tan sólo unas semanas. La ciudad estaba aterrorizada, ya no por "El Jefe", como le conocían al dueño ilegítimo de esas calles, sino por las consecuencias que podría desencadenar. A pesar de no tener más opresores que les extorsionaran, las personas querían evitar siquiera ver el enfrentamiento de esa noche, la última pelea del joven héroe, ganara o perdiera.
Si el muchacho ganaba, no habría problemas ya. Se le conocía por su bondad y buen corazón, su sentido de justicia y rectitud en su actuar. La gente le tenía confianza, casi lo idolatraban, e incluso muchos ya lo consideraban como el protector de la ciudad. Sin embargo, un factor importante era el que los mantenía en sus casas: la posibilidad de que perdiera esa pelea.

Durante días, el joven había recorrido la ciudad en una camioneta plateada, buscando a quienes eran considerados caciques más renombrados de las colonias, esas personas que habían proclamado como su territorio algunas calles y que se encargaban de "gobernarlas" con violencia y extorsiones. Aunque con dificultades, a todos les había vencido en duelos uno a uno, de lo poco honorable que se conservaba entre los vándalos de la ciudad. Pero cada batalla había sido más complicada debido a las heridas anteriores. Siguiendo esa línea, el enfrentamiento de esta noche se auguraba en extremo complicado, pues el joven héroe difícilmente podía correr debido a una severa herida en su pierna derecha, y sus golpes no eran tan potentes debido al hombro que le había dislocado el último de sus contrincantes. De ahí provenía el miedo de la gente, de que perdiera y que El Jefe consiguiera más allegados para seguir con su dominio en la ciudad. Se estaba apostando todo en una sola pelea, donde el ganador o sobreviviente sería quien definiese el futura de la ciudad.

Fueron un par de minutos de observación mutua, donde cada uno de los peleadores intentaba descubrir el punto débil del otro. Para El Jefe no fue complicado, pues casi cualquier punto de aquel niño podía considerarse débil en esos momentos, así que comenzó a recordar cómo se había enterado de aquel insecto molesto y de cómo sus mejores elementos habían sido derrotados y "secuestrados". Recordó la primer llamada que el muchacho hizo, diciéndole que estaba venciendo a sus hombres en duelos, la única práctica honorable que quedaba en la ciudad, donde sólo los peleadores podían estar involucrados y que podía terminar en piedad por parte del ganador o en la muerte del perdedor. Al Jefe no le preocupó esto, pues sus hombres eran experimentados peleadores, razón por la que tenía cada uno su zona de dominio. No obstante, cuando comenzó a enterarse que habían sido derrotados en una pelea cuerpo a cuerpo, uno a uno, su preocupación creció. Lo que le pareció curioso, es que el joven prometiera que todos aquellos a quienes venciera antes que al Jefe serían espectadores en la última pelea. Le pareció curioso en ese momento debido a que la calle seguía desierta, así que sólo pudo imaginar que estarían amarrados e inconscientes en el autobús en que el muchacho había llegado.
- Muy bien niñito, terminemos con esto pronto- comenzó a tronarse los dedos de las manos mientras avanzaba hacia el muchacho-. Si crees que seré rival sencillo, te equivocas. ¡Yo entrené a todos los hombres que venciste!
El joven héroe no emitió sonido alguno mas que el jadeo de su cansancio. Hasta ese momento de tensión sospechó que tenía alguna costilla rota. Aún con ello, retrocedió un par de pasos en dirección al autobús que le había sido prestado un par de días antes.
- ¿Recuerda lo que le dije cuando empezó todo esto?- tuvo que elevar la voz para que el Jefe le escuchara en aquella pequeña tormenta-. Le dije que todos aquellos que venciera en estos días, serían espectadores de nuestra pelea. Pues bien…
Con un movimiento rápido pero firme, abrió la compuerta trasera del vehículo, dejando ver varios bultos acomodados en filas. Al principio, el Jefe no los distinguió bien, pero al dar unos pasos más, descubrió que se trataba de sus hombres, todos ellos con las manos y pies atados a sus espaldas y amordazados. Otros cuantos pasos y la expresión de enojo en su rostro cambió por una de temor: varios de ellos tenían heridas, presumiblemente de balas, en partes distintas del cuerpo, en algunos casos era obvio que yacían muertos.
-¡GRANDÍSIMO HIJODEPUTA! ¿Qué les hiciste a mis hombres? ¡Dijiste que los enfrentarías en duelos honorables, y las armas están prohibidas en ellos!
- ¿Y?- fue la única respuesta verbal que el muchacho dio al jefe. En ese instante se alejó del autobús al tiempo que lanzaba un encendedor al interior, el cual previamente había saturado de gasolina, junto a aquellos hombres considerados como tiranos.
El Jefe no supo qué hacer. El sonido del fuego consumiendo la carne humana le detuvo en seco, pero el llamado de auxilio de sus hombres, los que aún quedaban con vida, le incitaba a entrar en aquel vehículo y salvarlos. Pero entonces miró al muchacho. Lo vio y se dio cuenta de que estaba sonriendo totalmente feliz y satisfecho.
- ¿Qué clase de monstruo eres? ¿cómo te atreves a hacerle esto a la gente? ¡ni siquiera respetaste el honor de los duelos!- vociferaba el Jefe mientras corría hacia el muchacho con la firme intención de matarlo a golpes y luego incinerarlo.
- ¿Qué? ¿Esperabas que "jugara limpio" contra ustedes, los que han sido opresores de la ciudad por años? ¿Los que extorsionan y usan la violencia como herramienta para todo? ¿Creías que por ser "el héroe" haría las cosas de la manera bonita?- de su rostro se borró la sonrisa y se esbozó una mirada letal y malvada- Deja los comics y las películas para distraerte, usa la realidad para vivir.
El muchacho levantó su brazo derecho, y en el extremo de él pudo verse una pistola. Apuntó al Jefe y disparó, todo en un instante. No se escuchó el sonido del disparo, tal vez amortiguado por la lluvia y los truenos, y el cuerpo de aquel tirano que había aterrorizado a la ciudad cayó de rodillas ante el joven héroe. Cubrió la herida en su estómago con sus manos mientras intentaba ahogar los gritos de dolor.
El muchacho avanzó y quedó frente al Jefe, apuntando con el arma hacia su cabeza.
- A todos les dije que sería un duelo honorable, pero no se puede tener uno de esos si los involucrados no lo son. La ventaja es que aceptaron mis condiciones de "pelear en privado", y que tenía un silenciador- mostró de nuevo su arma, presumiendo el aditamento que llevaba en la punta-. La otra ventaja es que me creíste al decirte que había secuestrado a todos ellos como trofeos. Como si me interesara conservar escoria de tal nivel.
El Jefe levantó la mirada, desesperado por sobrevivir.
- Anda, mátame. Dispara ahora. sólo recuerda que, si lo haces, te convertirás en alguien com…
Un nuevo disparo. El hombro izquierdo del Jefe comenzó a sangrar y un aullido de dolor escapó de su garganta. El joven mantenía su mirada fría y el dedo en el gatillo.
- ¿Se supone que convertirme en alguien como tú es mi castigo? ¿Convertirme en alguien que elimina los obstáculos en su camino o en alguien con poder? ¿O cómo eres que no debo convertirme en ello? Vamos señor, creí que tendría argumentos mejores para un momento así, no esa basura de películas "con mensaje".
- Jajaja- el Jefe intentó ocultar con su risa la sensación de terror que lo invadía ante la actitud del joven-. No niño, me refiero a que se debe ser valiente para matar a alguien…
- Supongo olvida a sus hombres. No a todos, pero sí a varios tuve que matarlos. Quería siguieran vivos hasta ahora y que estuviesen conscientes al momento de prender el fuego, pero bueno, si no los mataba, era probable que me rompieran más huesos de los que ahora debo curarme.
- Jajajajajajajaja- una carcajada del Jefe dejó ligeramente sorprendido al muchacho-. Así que no pudiste vencerlos a golpes, sólo con un arma. ¡Valiente héroe tiene la ciudad!
- No sé si sea un héroe. Sólo sé que me deshice de ellos, es lo que me importa. A usted no le importaba cómo mantener el poder, ¿por qué espera que a mi me importe el cómo derrocarlo?
- Porque… porque… ¡porque no es lo correcto! ¡Debes hacer las cosas bien! ¡Se supone eres una buena persona, alguien que la gente admira! ¡No puedes ser como yo!
- Si fuese así, nunca podría enfrentármele. No habría igualdad de circunstancias y, por ende, siempre perdería. Esa es la razón de que durara tanto tiempo dominando la ciudad, nadie quería enfrentarle en igualdad de condiciones, siempre por el "buen camino". Pero hay veces en que el buen camino no lleva a ningún lado, mas que al punto de inicio o a un barranco. Yo no soy como la gente de esta ciudad, que espera ser rescatada un bondadoso Superman. Y respecto a ser como usted… pues no puedo decir que no nos parezcamos, pero definitivamente no somos iguales. Yo soy mejor, y la prueba está en que le vencí a usted y sus hombres.
- Pero con trampas…
- Las trampas son para los tramposos, y usted no es precisamente la persona más honorable, a pesar de sus famosos "duelos". Espero se pudra en el infierno.
-Te veré ahí, imbécil- el último esfuerzo del Jefe para que aquel joven no hiciera su disparo letal resonó en la calle.
- Claro que me verá ahí. Me gusta regresar a mis raíces.
Los ojos de asombro del Jefe fueron sustituidos por dos balas. El cadáver cayó en el asfalto empapado, mientras el joven héroe le miraba desangrarse. Pero no había terminado aún la labor. Con sus escazas fuerzas tomó el cuerpo del que fuese "dueño" de la ciudad hasta unos minutos antes, y lo llevó hasta el autobús. Haciendo uso de unos cuantos tubos metálicos, jaló cuatro de los cuerpos que seguían calcinándose en el vehículo y los usó para cubrir el del Jefe. Luego, se dirigió a la parte delantera y sacó un galón de gasolina que tenía reservado exclusivamente para el Jefe.
A la mañana siguiente, la gente especulaba sobre lo sucedido, de cómo un joven muchacho se había enfrentado a puño limpio, y además vencido, a toda una mafia de pandilleros. También se hablaba de la trágica muerte del Jefe y sus hombres más cercanos y letales en ese autobús, todos calcinados. Los rumores decían que, en cuanto el Jefe supo de la caída de sus mejores elementos, decidió huir con ellos, pero que, por azares del destino, un pequeño incendio se convirtió en su sentencia de muerte, acabando con los opresores de la ciudad.
La historia cobró fama de inmediato, y muchos se dedicaron a localizar a aquel héroe que enfrentara a "los tipos malos" a puño limpio y les ganara de la misma manera, limpio. La esperanza regresó a los ciudadanos, teniendo como ejemplo la valentía de un extraño y que no tenía la menor posibilidad de ganar. Esa inspiración debía permanecer así. Fue por ello que el muchacho despareció de la ciudad inmediatamente. Nadie supo nunca más de él ni de los verdaderos sucesos. La leyenda había quedado grabada en los cimientos de una ciudad que resurgía, esta vez sin el obstáculo del crimen y la maldad, como muchos aún le llamaban.

Kaiser – 23/05/11

30 mar. 2011

Pecados Ajenos

Por fin despertó. Después del golpe en la quijada, todo había sido demasiado confuso. Ni siquiera podía recordar cuánto tiempo más estuvo consciente durante la pelea. En su  memoria sólo había quedado albergada la imagen del suelo acercándose a su rostro, para después quedar sumergido en una completa oscuridad. Esa oscuridad aún permanecía ante sus ojos.

Estaba despierto, sí. Pero sus párpados no respondían con atino a su voluntad. En cuanto recobró el conocimiento, intentó abrir los ojos de inmediato para saber dónde estaba, qué sucedía a su alrededor. El silencio siempre le había parecido perturbador, y en esos momentos sólo podía escuchar su respiración, la cual, además, sentía extrañamente congestionada.

Un nuevo intento de abrir los ojos. A penas pudo separar la comisura de sus párpados, pero logró distinguir un ligero haz de luz. Posiblemente ya había amanecido o, dependiendo del resultado de la pelea, podía estar en una habitación de hospital. Pero el olor no era de una sala de emergencias, sino que despedía cierta pestilencia a aceite de automóvil, un poco de gasolina y otro hedor que no pudo distinguir bien, pero que igual quemaba su nariz y le impedía llenar decentemente sus pulmones con oxígeno tan preciado para esos momentos.

Ante la negativa de sus ojos a abrirse por completo, comenzó a moverse para reactivar los músculos de su cuerpo. Entonces su lógica le indicó que definitivamente no estaba en un hospital, ya que se encontraba sentado. El pánico comenzó a invadirlo cuando notó que no podía mover sus brazos, pues a diferencia de los ojos, estos se mantenían cautivos, tanto a la altura de su muñecas como de sus codos, los cuales a su vez sentía pegados a su torso. Comenzó a hacerse una imagen mental de sí mismo y el cómo se encontraba; recordando lo visto en distintas películas, fácilmente dedujo que estaba atado a una silla, muy probablemente en un taller mecánico o una cochera.

En un nuevo esfuerzo, abrió los ojos, pero una intensa luz le obligó a mantenerlos entrecerrados mientras se acostumbraba a la iluminación. Poco a poco, las figuras a su alrededor tomaban forma, aunque no por ello adquirían alguna lógica respecto a la pelea que había tenido. sus pensamientos intentaron reorganizar todo lo que recordaba, desde la fiesta, el altercado con los pandilleros, la pequeña persecución, el enfrentamiento, el golpe que había recibido… ¿Acaso le habían tomado como rehén? ¿Para qué? Por lógica, mayor pérdida de tiempo tendrían reteniendo a alguien como él que si hubiesen dedicado el resto de la noche a asaltar más transeúntes. ¿O era mayor su orgullo?

- Bueno, creí que despertarías dentro de un par de horas más, pero mejor. Así iniciamos antes.

La voz aguda le confundió aún más, agregando cierta dosis de terror. Parpadeó rápidamente intentando ver con más detalle al hombre que hablaba, pero sólo pudo distinguir el sonido de alguien levantándose de una silla que rechinaba. Acto seguido, una borrosa silueta se acercó a él con pesadez, y en un rápido movimiento lo abofeteo con fuerza. El impacto le aturdió más y casi hizo que se cayera junto con la silla en la cual se encontraba.

- ¿Estuvo buena la pelea?- preguntó el agresor. La falta de respuesta le hizo enfadar y nuevamente lanzó un ataque contra el rostro del joven atado a la silla. Esta vez, el impacto fue con el puño cerrado, y el equilibrio del capturado no fue suficiente. Un segundo golpe, esta vez contra el piso, resonó en aquel lugar.

- Dime muchachito, ¿creías que podrían huir de nosotros? ¿que mi jefe los perdería de vista?

La confusión se incrementó. ¿De quiénes hablaba? ¿A qué jefe se refería? Antes que pudiese siquiera imaginar una respuesta, una patada a sus costillas sacudió sus pensamientos. Luego de toser un poco y recuperarse, por fin habló.

- ¿Huir de quién? No sé de qué hablas… Mira, si fue por la pelea, ni siquiera golpee muy fuerte a tu amigo, de verdad. Me noqueó luego de un par de golpes y no supe nada hasta ahora…

El hombre río. No podía ser cierto, en verdad el muchacho no sabía nada al respecto. Sería divertido desmoronar su moral antes de despedazarlo. Literalmente.

- Entonces no sabes de lo que hablo… ¿Tu padre nunca te contó de sus negocios? ¿No te dijo cómo se ganaba la vida?- el muchacho empezó a hacer memoria, pero el pie de su captor comenzó a presionar su cráneo.

- ¡Es vendedor de medicamentos, nada más!

- ¿Y sabes de qué medicamentos? ¿Sabes por qué ganaba tan bien?- con cada palabra presionaba con más fuerza la cabeza del joven, como si quisiera exprimir de ella lo que sabía- Esos "medicamentos" son muy caros, ¿sabes? Y ya que tu padre nos debe bastante por ellos, obviamente el que se haya ido con varias "dosis" no habla muy bien de él. Y en vista de que no podemos encontrarlo para cobrarle, suponemos que tú podrías decirnos dónde está. Ni modo muchachito, te tocó pagar por pecados ajenos.

- No sé dónde esté, se fue de la casa el martes… Sólo nos dijo que salía por negocios, pero no dijo a dónde…

- Entonces habrá que buscar algún incentivo para que pague- dio una última patada al muchacho y se dirigió a una mesa cercana. El martilleo del revólver causó una repentina desesperación en el joven, quien de inmediato intentó buscar una alternativa a su situación.- Si no puede pagarnos él, y tú no sabes dónde está, creo que podría aparecer en el funeral de su hijo, ¿verdad?

Amenazante, se acercó hasta el bulto que significaba su presa y del que pronto tendría que deshacerse. Miró el arma, una de las últimas en la ciudad, y apuntó hacia la cabeza del muchacho.

- ¡NO! ¡ESPERA!

Fue por simple curiosidad. Nunca había dudado en matar a alguien, y esta no era la excepción. Pero esta vez sintió algo diferente, una especie de aviso, casi sobrenatural. Una vocecilla en su cabeza le insistía en dejar hablar al desesperado capturado, como si algo pudiese cambiar. Por eso le dejó hablar, aunque sin quitar de su mira el cañón de la pistola.

- ¿Qué? ¿Qué quieres que espere?

- Te-te tengo una propuesta para pagarte, a ti y a tu jefe. No importa cuánto les deba mi padre, yo sé cómo puedo compensar todo eso.

- Te escucho. Aunque mi dedo está impaciente por jalar el gatillo, así que recomiendo te apresures a hablar.

El muchacho respiró hondo, cerró los ojos y comenzó a hablar con la mayor serenidad que pudo. El trato no parecía del todo malo, al menos en primer lugar, pero sí bastante inocente a pesar de la seguridad con que el joven hablaba. El captor dudó por unos instantes, pero después de ello bajó el arma y la colocó de nuevo en la mesa, sacó de su bolsillo un teléfono celular y presionó un par de teclas. El joven se sentía un poco más seguro por haber postergado su ejecución.

- Jefe, el muchacho nos está haciendo una propuesta bastante interesante y que tal vez le gustaría escuchar- una breve pausa para escuchar la respuesta de su superior-. Si, la verdad es que suena demasiado bien, pero el método que propone me pareció bueno, y tal vez si lo escucha lo convenza. Además, si vive unos minutos más no nos afectará mucho.

No fue mucho el tiempo que esperaron al jefe. La explicación del joven tampoco duró demasiado, si acaso media hora. Tuvo la suficiente habilidad para explicar sus planes en pocas palabras, concretas y certeras, así como su metodología, pero con el cuidado de parecer indispensable para llevarlos a cabo. Nunca en su vida había sido bueno hablando, pero si eso había servido para que las palabras acudieran a su mente en ese momento, todo había valido la pena.

El jefe optó por consultar con su almohada el plan del muchacho, pero no podía dejarlo libre aún. Lo llevaron a un cuarto contiguo a aquel taller, en donde algunos canes descansaban ya. Esa noche no fue la mejor de su vida, pero definitivamente era mucho mejor dormir con los perros que con los peces.

A la mañana siguiente, el jefe lo despertó muy temprano. Su ayudante aquel que casi se convertiría en su verdugo, le acompañaba. Le sonrieron mientras intentaba despabilarse de su poco agradable sueño.

- Muy bien muchacho, decidí que te haré caso. Seguiremos el plan que mencionas y, si todo sale como nos lo prometiste, la deuda de tu padre será saldada- el joven comenzó a sentirse aliviado al escuchar la ronca voz de aquel jefe de la mafia-. Sin embargo, de no haber buenos resultados, temo que no será el único pago que recibiremos de tu familia, ¿entiendes?

En su mente, el muchacho estaba saltando de alegría. No sólo se había salvado de morir en manos del jefe de la más poderosa red de traficantes de la ciudad, sino también había conseguido el perdón para su padre, al menos momentáneo.

Por si esto fuera poco, había caído, sin querer, justo en la posición de poder que buscaba para sus planes personales. Aunque aquellos hombres creían que la limpieza en la ciudad sería sólo respecto a sus competidores, aquel joven ya tenía bien trazadas las acciones que tomaría para que cayeran todos, y lo mejor de todo, a manos de la gente de la ciudad, que tantas penurias habían pasado y que tan inconformes estaban y que anhelaban una pronta sublevación. Él les daría una oportunidad destruyendo desde adentro el sistema de poder que prevalecía en la ciudad.

- Si, totalmente. ¿Cuándo comenzamos con el plan?

- Hoy mismo.

- Perfecto…

Tal vez algunos pecados si serían pagados por quienes debían.

Kaiser – Marzo 2011

28 feb. 2011

Saurios

Por alguna extraña razón, los dinosaurios estaban entendiendo lo que ese hombre decía. El pequeño aparato que sostenía en una de sus manos parecía ser el responsable de ello, pues cada que hablaba, lo sostenía con firmeza frente a su boca. De cualquier manera, lo que importaba es que los sonidos que emitía ahora tenían sentido para ellos.
- Bueno muchachos, ¿qué deciden? Este viaje que les ofrezco será una experiencia única para ustedes, pero deben decidir ya.
El desconcierto y el silencio reinaron entre los dinosaurios. Tenían ante ellos una oportunidad, el conocer su futuro, pero el precio era no poder regresar nunca. ¿Acaso la vida de las épocas venideras sería mejor? Nadie pudo responderse esa pregunta, pero dentro de ellos había una sensación extraña, una especie de ilusión positiva que no sabían explicar. Si el hombre del megáfono hubiese sabido de ese sentir, les habría explicado que se trataba de la fe.
Uno de los dinosaurios se acercó con cautela al hombre en señal de que aceptaba la propuesta. El hombre no podía entender lo que en sus gruñidos intentaba decir, ya que el megáfono sólo estaba diseñado para traducir el lenguaje humano a otros y no viceversa. No obstante, el acuerdo parecía estar terminado, así que pulsó una pequeña secuencia en el teclado de su cápsula de seguridad. De inmediato, el enorme objeto a sus espaldas, el transporte que había sido capaz de hacerlo regresar a la época en que los dinosaurios poblaban la tierra, abrió una de sus compuertas con espacio más que suficiente para que el animal entrara. Temeroso, siguió su camino observando con cuidado toda esa tecnología desconocida. En realidad, la tecnología como tal le era ajena.
El hombre dirigió una sonrisa al resto de los saurios y preguntó por el megáfono si alguien más quería unirse al viaje. Sólo dos más respondieron al llamado y se internaron en la "nave" junto a su compañero de era. Los demás quedaron a la expectativa de lo que sucedería a continuación, habiendo incluso algunos alistándose para atacar en caso de ser una trampa.
Por última vez, el hombre habló. Agradeció que lo escucharan y se subió a su transporte, prometiendo regresar de ese viaje de exploración en cuanto pudiese. Un ademán acostumbrado en las despedidas seguido de un fuerte rugido proveniente de los motores de la nave fue el adiós de aquel hombre y de los tres dinosaurios que habían decidido acompañarle a explorar el futuro.

El hombre seguía presumiendo su proeza. Los premios, felicitaciones, alabanzas y propuestas no habían dejado de llegarle desde el día de su viaje. Los incrédulos seguían asombrados ante lo que ese pseudo-científico había logrado, y más aún con las pruebas que había conseguido en su viaje: tres dinosaurios vivos.
Sin embargo, el gusto duraría poco tiempo. A pesar de todas sus consideraciones y cálculos acerca de la esperanza de vida de aquellos monstruos de la antigüedad, nunca consideró el factor de la contaminación. Supuso que, así como él y el resto de las personas, a los dinosaurios les llevaría poco tiempo habituarse al smog de la actualidad. Magno error.
Al finalizar el primer día, el triceratops había caído desmayado ante su impotencia por respirar. Antes de la mitad del segundo día, el iguanodonte ya sufría pequeños pero constantes espasmos ocasionados por la insuficiencia respiratoria, y el triceratops no había soportado más el aire contaminado. Sólo el tiranosaurio seguía de pie, sin mostrar afectación alguna. Esto intrigó al científico viajero del tiempo, quien se dispuso a hacer una pruebas.
Lamentablemente, era eso lo que el saurio esperaba, que su captor estuviese a su alcance para poder destrozarlo contra los barrotes de su prisión. Esto sólo fue el inicio de un pequeño infierno que se desató, en el cual murieron cientos de personas, otras tantas fueron devoradas y miles más quedaron lesionadas. Sin embargo, el esfuerzo y la falta de verdadero oxígeno menguaron drásticamente las capacidades del tiranosaurio, haciéndolo caer a las pocas horas de que escapase.
Mientras el cansancio y el dolor de las balas le recordaban que su muerte estaba cerca, se preguntó por sus compañeros. Desde que llegara al "futuro", no notó indicio de que sus similares, pero creyó que estarían en otra zona, una muy lejana de preferencia, donde no los tuviesen encerrados.
Al poco tiempo sintió la presencia del iguanodonte, y mientras ambos yacían en el suelo de asfalto, se preguntaron si sus compañeros habrían vivido plena y felizmente, como solían hacerlo antes de que el hombre llegara…

Ya había pasado algo de tiempo desde que sus compañeros acompañaran a aquel ser extraño que decía venir del futuro. Sin embargo, el optimismo y la ingenuidad seguían entre ellos, suponiendo que estarían en mejores condiciones, que vivirían más y mejor, y que por ello no deseaban regresar aún.
En esa divagaciones estaban varios de los dinosaurios cuando un sonido desgarró el cielo y llegó hasta ellos. No se dieron cuenta hasta que ya era demasiado tarde para huir o incluso, esconderse. Una inmensa roca descendía sobre ellos para aniquilarlos.

Kaiser – 27/02/11
*Para Iselle.

16 feb. 2011

Siempre Me Recordarás

El siguiente escrito fue concebido en septiembre de 2007. Recién el día de hoy lo encontré, y debido a varios acontecimientos suscitados en el transcurso del día relacionados con lo "ardido" que uno puede llegar a ser, me decidí a publicarlo aquí. Espero sea de su agrado.

 

Siempre me recordarás en tu vida entera
no tienes más opción, esa es tu condena.
Habrá arrepentimiento y océanos de llanto
sufrirás cada vez que mires mi retrato
y en cada instante de tortuosos recuerdos
mi rostro verás siempre sonriendo.

Mirarás el cielo y cada una de las nubes
será un sueño perdido, alguno en donde estuve.
El viento se encargará  de que todos evoques
y ninguno ha de traer más que sinsabores
porque entonces sabrás que perdiste mucho
desaprovechaste lo que enfrente de ti estuvo.
Creíste que por siempre estaría a tu lado
y aunque de cierta forma nunca te he fallado
es justo que sepas que la vida ha continuado
cada quien en su camino, sea bueno o sea malo.

Aunque sea muy lindo recordarnos unidos
ambos bien sabemos que ya es parte del olvido
esa historia bella que juntos escribimos
y que tú felizmente enviaste al vacío
de un necio masoquismo lleno de ilusiones
que te prometían aquello que te dije con canciones
sustentándose en deseos banales y sin razones
los cuales hoy te asquean y te causan horrores
pero debes soportarlos, te comprometiste a ello
a cambio del mundo que hoy sólo ves en sueños.

 

             Kaiser – Septiembre 2007

13 ene. 2011

Verdaderos Zombies

Walter no lo podía creer aún. Luego de tantos días de búsqueda y sufrimiento en el camino, finalmente habían llegado al Centro Médico, el lugar donde todo se había originado y donde, según los rumores, podía existir una cura para el virus. Miró con calma por el retrovisor de la camioneta una vez más, asegurándose de que nadie los seguía.
Aún estaba nervioso tras la huída de unas horas antes. Ese granjero infectado casi los había engañado al darles posada y alimento la noche anterior. Afortunadamente, Nestor, el hermano de Walter, había descubierto la enorme cantidad de cajas vacías de medicamento contra la tos que el granjero escondía en su habitación. Inmediatamente habían salido de la granja, no sin antes asegurarse de que el virus no se propagara, dándole un certero disparo en la cabeza al granjero. La mejor manera de aniquilar a un zombie, por creencia popular.
Sin embargo, los cuatro viajeros habían compartido vivienda y alimento con alguien infectado, así que era cuestión de tiempo para que alguno o todos comenzaran a presentar los síntomas zombie: mareo, somnolencia, ataques de tos acompañados de sangre y llagas en la piel. Pero afortunadamente, habían llegado al único lugar en el país en donde podía haber una vacuna. No. El único lugar donde DEBÍA haber un antídoto.

El primer día del apocalipsis zombie, como bien optaron por llamar algunos, fue cuando una fuga de gas en el centro de la ciudad se dio a conocer en los medios de comunicación. Dicha fuga había causado en algunas decenas de personas una serie de reacciones secundarias, que después serían conocidas como los síntomas zombie. El área fue puesta en cuarentena y se extremaron precauciones para evitar algún tipo de brote. Sin embargo, ante la difusión que la noticia tuvo, todas las personas que presentaban al menos dos de los cuatro principales síntomas, fueron señaladas como “los infectados”, aunque no se encontraran cerca de la zona de la fuga. Así también, comenzaron los rumores, posteriormente confirmados por los noticieros locales, de que el ahora conocido como “virus zombie” podía ser transmitido vía fluido sanguíneo, y que traía consigo tendencias caníbales, lo que aumentó el pánico entre la población desconcertada, y que optó por diferenciar a los infectados de los “sanos”.
La tensión no se hizo esperar cuando el área de cuarentena sufrió diversas fugas de sujetos infectados, los cuales se encargaron de contagiar a más personas. En pocos días, los infectados andaban por las calles sin control alguno, y al finalizar la primer semana desde que se anunciara el virus en televisión y prensa, ya superaban en número a quienes aún se mantenían sanos. Tanto el ejército como la policía de cada localidad hicieron su aparición al inicio de la segunda semana tras el inicio del apocalipsis, con el fin de intentar contener el brote infeccioso, pero con horror descubrieron que los infectados, a diferencia de los zombies de ficción, no perdían ni menguaban sus habilidades motrices. Esto dificultó aún más el mantener controladas las zonas infectadas, por lo que se decretó una ley provisional ante la emergencia viral: hasta nuevo aviso, toda persona sana debía mantenerse lo más alejada posible de los infectados.
Tras este anuncio, las personas que aún seguían sanas se atrincheraron en sus casas. Obviamente, los supermercados habían sido previamente saqueados, así como las tiendas de armas. Durante esos días, se registraron miles de muertes por armas de fuego, ya que los infectados trataban de continuar con sus vidas a pesar del virus, pero los sanos no querían correr el riesgo de ser contagiados, y a la menor intención de acercamiento, aún si no mostraban la tendencia caníbal que tanto se mencionaba, era despachados con cualquier tipo de arma a la mano, hasta dejar el cráneo destrozado, factor fundamental en la erradicación de los zombies. La masacre inició, dejando severas bajas en ambos bandos, tanto en los infectados como en los sanos, y se descubrió con nuevo pavor que los zombies eran capaces de usar utensilios convencionales y armas de fuego, lo que ocasionó una pequeña guerra civil en la ciudad. En los últimos días de la semana, a los sanos ya también se les conocía como “sobrevivientes”, y las calles estaban prácticamente desiertas, salvo por algunos aventurados que habían decidido salir de la ciudad o bien, moribundos amputados que vagaban sin dirección alguna sobre el asfalto.
Para la tercera semana, los cuatro viajeros que ahora se encontraban frente al Centro Médico, se conocieron. Walter y Nestor habían dejado la comodidad de su hogar en busca de más provisiones y municiones. Durante el trayecto, encontraron a Frida siendo asediada por un pequeño grupo de infectados, los cuales no fue difícil abatir con las armas que llevaban los hermanos. Al día siguiente, mientras conducían por la carretera, vieron a Olga, temerosa por su vida, sentada en la orilla de la carretera principal, esperando a ser devorada por los zombies o bien, sentir el virus correr en sus venas. Ninguna de esas opciones sucedió, pues el grupo de Walter logró convencerla de buscar un lugar dónde refugiarse.
Conforme siguieron su trayecto, se encontraron con más personas que, como ellos, buscaban refugio. Fue cuando comenzaron a escuchar de diversas fuentes que la cura del virus zombie estaba en el Centro Médico del sur, en las afueras de la ciudad, así que decidieron dirigirse ahí, en busca de respuestas. Sin embargo, cuando descubrieron que uno de sus “nuevos amigos” presentaba síntomas zombie, se desencadenó una pequeña pero brutal batalla en el grupo, de la cual lograron salir casi ilesos los cuatro viajeros y dos sobrevivientes más, que habían decidido ser neutrales en la confrontación.
En la cuarta semana, encontraron a un nuevo grupo de sobrevivientes, entre los cuales estaba un investigador del Hospital Central, quien confirmó las teorías acerca de la cura, pues ahí se estaban realizando experimentos al respecto. Siguiendo su camino, llegaron a las cercanías del refugio de unos saqueadores, entre los cuales se hallaban algunos infectados. Nuevamente, las balas hablaron. Walter había conseguido que sus tres acompañantes se mantuvieran a salvo gracias a su deficiente pero hasta ahora efectivo entrenamiento como guardia de seguridad.
Así pasaron otras tres semanas, en las cuales tuvieron que hacer frente a más sobrevivientes, a una pequeña horda de infectados, a una joven pareja desesperada por encontrar la cura para el virus zombie, el cual había llegado hasta su hijo recién nacido, quien recibió una bala en la cabeza por parte de Frida para evitar mayor sufrimiento en la pequeña criatura como en sus padres. Un pequeño escuadrón militar los secuestró durante casi una semana, en la cual Olga fue violada, Walter torturado, Frida golpeada y a Nestor le habían amputado su brazo izquierdo debido a que presentaba algunas de las llagas zombie. Afortunadamente para ellos, la casa en donde los militares los tenían apresados fue el campo de batalla entre un grupo de infectados, uno de sobrevivientes, y el de los soldados. A excepción del grupo de Walter, quienes escaparon en uno de los jeeps que se encontraban en el patio de la casa, todos los que estaban en esa casa murieron el penúltimo día de la sétima semana del apocalipsis zombie.
Su última escala fue en una pequeña granja, donde sólo vivía un viejo ermitaño. Fue él quien les dio alimento y ayudó a curar las heridas de los cuatro. Desde el inicio del apocalipsis, no habían tenido un sólo día de tranquilidad como aquel que compartieron con el granjero.

Muchos obstáculos superados, muchos acompañantes que se quedaron en el camino, pero después de todas esas penurias, ya estaban en el único lugar seguro de la ciudad. Ese bunker médico, el alfa y el omega del virus zombie, según el científico que encontraran días antes. Walter miró en la parte trasera del jeep militar que manejaba, donde Nestor dormía aunque no tan tranquilo como quisiera. Desde que salieran de la granja, tenía algunos espasmos de vez en cuando debido al dolor del brazo, pero todos temían que también estuviese relacionado con el virus. Frida aún tenía moretones y heridas abiertas, pero no parecían de gravedad. Quien le preocupaba más era Olga, pues casi no había dormido desde el incidente con los militares. Walter sabía que el sufrimiento de la joven no era exterior como el de ellos, sino sicológico. Suspiró profundamente y estacionó el jeep enfrente de la puerta principal. Decidió no despertar a Nestor ni Frida, así que le pidió a Olga que se mantuviera alerta mientras ponía en sus manos una pistola semi-automática.
- No tardaré. Veré quién está ahí y vendré por ustedes con ayuda.
Olga asintió, aún con la mirada perdida. Walter se encaminó a la puerta principal del edificio mientras guardaba en la bolsa trasera de su pantalón una pistola, por mera precaución. Le sorprendió que no hubiese sistemas de vigilancia o defensa, ni siquiera indicios de barricadas. Pero su sorpresa comenzó a transformarse en pánico cuando notó algunas marcas de disparos en las paredes del complejo, por lo que apresuró el paso pero sin descuidarse. Antes de entrar, dio un último vistazo al jeep, donde Olga aún parecía estar ausente, pero agarrando firmemente el arma con sus manos. Walter no podía hacer más que confiar en ella.
El Centro médico no era lo que Walter esperaba. Tenía la apariencia de un hospital común, salvo por algunas ventanas rotas y asientos de espera fuera de su sitio. Siguió avanzando por el pasillo principal, hasta que notó un movimiento en una de las puertas a su derecha. Con sigilo y la pistola apuntando hacia enfrente, se dirigió a la puerta y la abrió con cuidado, esperando encontrar infectados. Pero no fue así.
La puerta servía de entrada a una habitación que en otros días pudo haber sido un cuarto de descanso para los médicos que ahí trabajaban, pero que ahora estaba improvisada como una casa de tres por tres metros. En las paredes había algunos libros, pero no pudo distinguir de qué. En el piso, envolturas de dulces y comida rápida habían atraído algunos insectos, y en el centro de aquel cuarto, estaba n camastro con un par de cobijas encima. Esas cobijas cubrían a alguien, quien se levantó lentamente aunque no muy sorprendido cuando Walter se acercó apuntándole con la pistola. El hombrecillo en la cama suspiró con flojera y, mientras buscaba en una pequeña mesita al lado del camastro una taza de café, miró a su visitante.
- Así que lograron llegar más, eh.
- ¿Más?- Walter no sabía si alegrarse por saber que otros habían logrado superar la misma travesía que él  su grupo, o bien, preocuparse por lo que podría implicar, especialmente después de sus recientes encuentros con otros sobrevivientes- Entonces ya han estado aquí más personas, ¿verdad? Aún quedan sanos… Este lugar sí es un bunker, tal como nos dij…
- Hey, espera. Este sitio no es un bunker. De hecho, ha sido atracado más veces de lo que puedas imaginar, así que no podríamos decir que es seguro, jeje- dijo el hombrecillo mientras se despabilaba y quitaba de encima las cobijas-. Pero sí hubo más personas, antes del “apocalipsis” y durante el mismo.
- ¿Y qué fue de ellos? ¿Cuántos eran? ¿Cuándo vinieron? ¿Qué les pasó?
- No sé que fue de ellos. No sé la cantidad, vinieron varios grupos y en varias ocasiones. Lo que les pasó, pues no es difícil imaginarlo, especialmente si miras por la ventana la ciudad, o lo que queda de ella. Unos siguieron su camino para salir de la ciudad, otros regresaron y otros más descansan en los alrededores porque no pudieron soportar la verdad.
Walter comenzaba a inquietarse. No sentía que tuviese una respuesta aún, pero el hecho que otras personas hubiesen estado ahí, que saquearan el lugar y que ya no se encontraran en el edificio, le indicaba que las posibilidades de que el antídoto o la vacuna para el virus zombie siguiera en el recinto, habían disminuido.
- Ok… Esta bien…- su nerviosismo comenzó a ser evidente- No importa lo que haya sido de los demás. Los que me importan están afuera, esperando por atención médica. Mi nombre es Walter, no estoy infectado pero temo que uno de mis acompañantes sí, por eso es que vinimos hasta aquí en busca de una cura. Nos dijo una fuente confiable que en este edificio había iniciado el virus y que también había antídoto.
- ¿Y te lo dijo una fuente confiable? ¿Quién es confiable en este caos?- Walter apuntó al pecho del hombrecillo, y fue cuando notó que vestía una bata otrora blanca, con algunas manchas de sangre. El hombrecillo notó esto y, luego de un largo sorbo a su taza de café, habló- No, no soy uno de los científicos que trabajaban aquí, soy un simple conserje, pero sé de lo que hablo. Estas manchas de sangre se las debo a otros visitantes, y si uso esta bata es porque las noches son frías en esta zona. Deja de apuntarme con esa arma, que no he matado ni pienso matar a nadie. Y por último, aquí no hay antídoto, vacuna o cura alguna para el virus. ¿Sabes por qué? porque NO HAY NINGÚN VIRUS.
- ¡No digas estupideces! ¡He visto morir a miles de personas desde hace semanas por culpa de ese maldito virus zombie!
- A ver Walter, haz un recuento en tu mente desde el primer día de este infierno, cuando se anunció en los medios. ¿Recuerdas los síntomas? ¿No te parecen demasiado comunes? La tos puede tenerla cualquier por una simple alergia, los mareos los tiene una buena parte de la población, incluidas mujeres embarazadas,  de la somnolencia ni hablamos. El único síntoma que podría ser preocupante es el de las llagas, pero con la lluvia ácida que hubo en esos días y que nadie notó por estar tan acostumbrados a la contaminación de esta ciudad, nos queda la probabilidad de que ¡casi todas las personas podían estar infectadas!
- ¿Y entonces qué me dices de los anuncios en la televisión y de que enviaran a la policía y al ejército?
- Los anuncios eran simples rumores que se convirtieron de inmediato en leyenda urbana, y en pocos días era la realidad para muchos. Ese es el poder de los medios, el convertir lo falso en verdadero. La policía y el ejército llegaron, según supimos en el Centro Médico, para contener la paranoia, pero ya también estaban “contagiados” de ella, y sobraron los casos de abuso hacia los supuestos infectados. Claro, ellos contrarrestaron, y por un par de casos en los que las personas decidieron defenderse con todo, incluidos sus dientes, comenzaron los rumores del canibalismo. Nada más estúpido y exagerado, pero si estaba en los principales noticieros, entonces era verdad.
- Pero…- Walter ya comenzaba a dudar de lo que había visto en las semanas recientes- no puede ser… vi a personas infectadas matando a sanos y viceversa…
- Y todo fue por rumores. ¿No te parece curioso que ese famoso virus zombie dejara a las personas al cual eran? Dime Walter, ¿cuántos verdaderos infectados encontraste en el camino a este lugar?
-Pues muchos, todos ellos con al menos dos de los síntomas que…
- No Walter, me estás entendiendo mi pregunta. ¿Cuántos verdaderos infectados, con todos los síntomas del virus, especialmente las llagas, encontraste en el camino?
El recuento de la travesía pasó por la mente de Walter. El conserje tenía razón, nadie de los que habían sido señalados como "infectados” presentaban más de dos síntomas, y menos aún las llagas en a piel. Aunque era difícil afirmarlo con seguridad, ni siquiera en los grandes grupos de infectados podía recordar haber notado los cuatro síntomas. Pero si era cierto todo eso, si de verdad no había virus, entonces…
- Significa que… nos hemos estado matando unos a otros sin razón… hemos matado a gente inocente por simples rumores y sospechas…
El conserje volvió a suspirar, adivinando que la pistola que Walter llevaba consigo había sido usada recientemente y en más de una ocasión.
- No hay zombies en realidad. Todo este caos fue producto de la paranoia de la gente. No hay vacunas para el virus porque no hay virus por curar. En las calles no había quienes contagiaran su infección, porque los verdaderos enfermos eran los que discriminaron por una sintomatología estúpida. Los verdaderos zombies somos las personas comunes, que nos creemos todo lo que nos dicen sin siquiera investigar un poc…
El sonido de un disparo detuvo el pequeño discurso del conserje. La pistola de Walter había emitido su primer tiro del día, y debido a la certeza de su usuario, no habría necesidad de jalar el gatillo una segunda vez. El conserje cayó sobre su camastro, con la cara empapada en sangre y un nuevo orificio entre los ojos.

Frida despertó finalmente. El dolor seguía en todo su cuerpo, pero el descanso y las medidas preventivas del granjero, a pesar de que estuviese infectado, habían servido para mitigar la sensación. Miró a su derecha, y vio a Walter inyectado una sustancia transparente en el hombro de Nestor.
-¿Qué es eso Walter? ¿Encontraste el antídoto?
- Sí, las últimas muestras. Toma, puedes inyectarte una dosis. Yo ya lo hice, y Nestor también la tiene a corriendo en sus venas. Sólo falta Olga, pero no la veo cerca.
- Seguramente fue a buscar un baño. Pobrecilla, debe seguir aterrada por los militares.
Tras aplicar la falsa dosis en el brazo de Nestor, Walter caminó alrededor del edificio en busca de Olga, pero también en busca de calma. Las palabras del conserje tenían sentido y encajaban a la perfección con lo sucedido, además de que la revisión rápida que había hecho al Centro Médico indicaba que no había ningún experimento en curso desde meses antes. Sin embargo, las atrocidades que él y sus acompañantes habían cometido en esos días debían tener una justificación. Por ello había llenado unas cuantas jeringas con agua, para hacerles creer que estaban sanos y protegidos.
Siguió caminando y mirando hacia el cielo nublado, hasta que reconoció la pequeña ventana que comunicaba la habitación del conserje con el patio trasero, y ahí encontró a una agonizante Olga quien tosía sangre. Corrió hacia ella esperando poder ayudarle, pero vacilante, ella levantó su mano derecha, donde aún empuñaba el arma que Walter le había dado.
- Esc… escuché todo. Pero caer des… des… desde un tercer piso no es tan letal como creí- un pequeño pero severo ataque de tos interrumpió momentáneamente a la mujer-. Yo no q-quiero seguir esta pesadilla, no después de que los militares me… más te v-vale detenert-te pronto, ahora que sabes a qui… quienes nos hemos enfrentado en realidad.
Un nuevo disparo se escuchó. La cabeza de Olga cayó sobre el pasto, mientras que Walter retrocedía. Al menos ya había un zombie menos por quien preocuparse…

Kaiser – 13/01/11