2 oct. 2010

Día 2: Saludo

Si ayer la felicidad que me embriaga era mucha de por sí, hoy no sé que adjetivo darle. Aquella mujer, la que me cautivó con su mirada, se acercó a mí. Fue tan espontáneo y sereno que ni me di cuenta de ello sino hasta que estábamos hablando. No me di cuenta por que en un principio creí que su saludo se dirigía a alguien más, tal vez a alguien detrás de mí, pero me equivoqué. Se dirigía única y exclusivamente a mí.
Su ojos bellos no se apartaban de su objetivo, o sea yo, y eso me puso aún más nervioso de lo que ya estaba cuando la vi acercarse. Aunado a ello su hermosa y fina dentadura irradiaba un destello indescriptible, hermoso y cautivador que derretiría cualquier témpano. Al saludarme, el tacto con su mejilla hizo que mi temperatura aumentara sin previo aviso, y al rozar mis labios en su piel y ella hacer lo mismo, sentí un chispazo estremecedor y cegador. ¡No podía aguantar tal sensación!
Fue mágico, simplemente mágico. Supe su nombre y le di a conocer el mío. Luego, nos quedamos platicando por un buen rato, lo suficiente para ver las manecillas del reloj dar tres de sus recorridos. Ni el hambre ni el abrumador frío que nos rodeaba nos detuvo en nuestra tarea de conocernos. Fue hermoso.
Lamentablemente llegó el momento de la despedida, y aunque quise con todas mis ganas acompañarla a su casa, ella me detuvo en el intento. Un beso de despedida con un ligero roce de labios provocó en mí un éxtasis interno que a penas pude controlar para que ella no lo notara.
Me pidió que nos viéramos mañana. Así será.

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