3 oct. 2010

Día 3: Indirectas

Toda la mañana esperé ansioso a que la hora en que acordamos encontrarnos llegar. Es una impaciencia a penas aguantable, pero por ella estoy dispuesto hasta a lo imposible. Ella es especial, lo supe en el momento en que la vi, y lo confirmé al hablar con ella, aclarando todas las dudas que tenía acerca de su ser.
Fue algo espontáneo, pero nuestra amistad es bastante fuerte, y estoy seguro de que será duradera. Bueno, espero que logremos ser más que amigos, pero por el momento es más que suficiente si me permite contemplarla con su singular belleza. Nuestra plática se refiere a temas que en realidad no me interesan, al menos no más de lo que me interesa escucharla, con su melodiosa voz, con ese suave timbre que me arrulla a un sueño infinito de hermosas proporciones. Ya ni sé de lo que hablo, solo pienso en ella.
Toda la tarde estuvimos juntos, como una repetición prolongada del día de ayer. Pero esta vez me atreví a ser más directo, a intentar hacerle saber lo que siento desde el momento en que la vi. Me atreví a darle indirectas de mi cariño, de la fascinación que le profeso y de lo inútil que me sería estar sin ella. Pero no respondió, ni una palabra brotó de sus labios cuando terminé mi pequeño discurso improvisado y lleno de verdades disfrazadas de bromas inocentes. Me sentí agobiado por su reacción.
Creí que en ese momento se despediría y se iría, que no volvería debido a mi atrevimiento. Pero no fue así. En vez de irse y dejarme en el frío de la tarde moribunda, ella prefirió continuar el juego, aunque después de un par de segundos de silencio. Sus palabras trajeron nueva esperanza a mi vida, y mis ilusiones vieron una pequeña estela de luz en su desastroso camino.
Otros minutos más continuamos platicando, y después nos despedimos. Aunque es la segunda vez que lo hace, comienza a hacerse costumbre su negativa a que la acompañe, así como el beso de despedida.
Mañana la veré de nuevo, y espero que se vean consumados su esfuerzos.

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