7 oct. 2010

Día 7: Espía

No fue lo que esperaba. Este día se complicó demasiado.
Hoy decidí no ir a la escuela. Bueno, mas que decidir, era demasiado tarde cuando me levanté, así que preferí planear lo que haría este día.
Fui hasta la escuela, esperé la hora de salida y me mantuve atento, buscándola con la mirada mientras me aseguraba de estar oculto tras una pared, arrinconado en una esquina. Hoy sería un espía, descubriría cual era el problema que ella tenía y saldría de todas mis dudas. Mi paranoia de ayer me había ofuscado en mis intentos de actuar, pero hoy era distinto. Hoy pensaba con mayor claridad y frialdad.
Me aseguré de vestirme distinto de cómo acostumbro. No debía dejar que me reconocieran. Un gorro cubría mi cabeza, así que sería demasiado difícil que supieran quién era.
De pronto la vi. Igual que ayer, salió despreocupada, tranquila, como siempre. A los pocos segundos apareció la silueta de mi amigo… pero no era el mismo de ayer. Esta vez era otro. ¿Dos de mis amigos? ¿Uno cada día? ¿Qué estaba pasando? Me pregunté de inmediato en voz baja. Nadie me respondería, así que las respuestas solo las podría encontrar yo.
Los vi caminar por la calle, igual que ella hiciera con mi otro amigo el día anterior. Esta vez me aseguré de no perderlos de vista. Subieron a un autobús y me dirigí a este. Al subir yo también, procuré no dar la cara hacia el fondo del vehículo, a sabiendas de que ellos mirarían hacia enfrente casi obligatoriamente. Pagué mi pasaje, diciendo al chofer que iba al mismo sitio que los dos pasajeros recientes. Él me miró algo desconfiado, pero luego recibió el dinero, hizo caso omiso de mí y continuó con su trabajo.
Me senté un par de asientos delante de ellos, ya que se habían acomodado en los lugares del fondo. Miré por la ventana y agucé el oído para saber de lo que hablaban. Pero el ruido de la calle era demasiado y no podía escuchar gran cosa.
Poco a poco mis oídos se acostumbraron al sonido, y entonces pude diferenciar sonidos más sutiles a través de los pitidos de claxon y de motores encendidos. Primero escuché la voz de ella, tranquila, suave y delicada como siempre. La voz de mi amigo no fue tan clara como la de ella. Era en totalidad contrastante, y se distorsionaba con el pasar de los automóviles.
No obstante a todo, pude distinguir entre la mezcla homogénea y errática de palabras una frase que acrecentó mi desconfianza. Después de mencionar mi nombre, ella le decía a mi amigo “…él no debe enterarse de esto. Es nuestro secreto, nuestro secreto…”
No pude más. Me levanté del asiento y casi corrí hasta el chofer. Con una ira que difícilmente pude controlar fue que pedí bajar en la siguiente oportunidad que tuviera. Quería alejarme de ellos cuanto antes, olvidar sus palabras, dejar atrás todo. Si tan solo fuera tan fácil el olvidar…
Al bajar del autobús, mi curiosidad pudo más que mi sentido común, y miré de nuevo hacia la ventanilla en donde ambos podían verse. Ahí estaban los dos, continuando con su “secreto”. Me tragué lenta y dolorosamente mis ansias de regresar donde ellos al mismo tiempo que el autobús reanudó su marcha. Me quedé unos minutos ahí, en medio de la calle, con la mirada vacía y los ojos llenos de lágrimas. Algo debía hacer…
Mis pensamientos no dieron para más. Corrí en dirección a mi casa, solo después de buscar las suficientes señas que me indicaran el camino que debía seguir. Fue una larga caminata, pero luego de poco más de una hora me encontraba frente a la puerta de mi hogar. El único sitio que sentía mío en ese instante.
No le llamé. Toda la noche he estado mirando el reloj con ira. He escrito millares de cartas, todas llenas de rencor y dolor, y que sin excepción terminaron en el bote de basura. La noche no me ha servido de consuelo en nada, y no puedo conciliar el sueño. Veo la luna y sigo imaginándola, a ella y a sus palabras y mentiras.
Mañana hablaré con ella. Debo dejar las cosas claras.

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