4 oct. 2010

Día 4: Declaración

Hoy fue el día decisivo. Hoy por fin le declaré mi amor sin mayores rodeos.
Nos encontramos a la salida de la escuela, como los otros días, y me tomó de las manos al verme. Sus ojos irradiaban felicidad una alegría tan maravillosa que iluminaba todo a su alrededor. No me dijo nada fuera de lo normal, simplemente me saludó y me llevó por las calles, caminando y mirando a todos los que pasan por la acera, deleitándonos en la brisa que soplaba, una brisa calida a pesar de la época, y que parecía resaltar lo especial del día. Si hubiese sabido que esa brisa nos alcanzaría hubiese elegido ese momento preciso para hablar seriamente con ella.
Seguimos caminando, y después de algunos minutos de andar sin rumbo fijo, nos enfocamos en buscar un lugar en donde comer. Ella eligió un modesto pero elegante restaurante que estaba en las cercanías, y yo no hice mas que seguirla en su decisión. El lugar era lo de menos, lo que me importaba era la forma en la que se lo diría.
Elegimos una mesa al lado de la ventana principal, y después de ordenar nuestros platillos, continuamos con nuestra animad plática. Ahora ponía más atención en sus palabras, no porque no lo hiciera antes, sino porque deseaba encontrar el hilo que me llevara al tema que quería abordar. Cualquier cosa que sugiriera una relación sería conveniente para mi declaración, pero no llegaba el tan ansiado tema.
Terminamos de comer, continuamos con nuestra plática, pero seguía sin hallar un punto que pudiera usar para iniciar mis planes. Comencé a sentir desesperación. Hoy debía ser el día, hoy tendría que declararle mi amor, no podía haber otro día más. La desesperación me hizo su presa por unos instantes, los suficientes para que ella lo notara, y entonces tuve que hablar.
Le confesé que sentía algo muy intenso por ella, un sentimiento tan puro que no podía explicarlo con palabras, y que lo más cercano a la maravilloso que me parecía era su mirada, su sonrisa, su cabello, toda ella en conjunto, toda ella en sí. Se limitó a responder que era lo mismo. Mi contra respuesta fue que entonces no había comparación alguna. Guardó silencio, ese tipo de silencio que mata lentamente y que destroza los nervios ante el inmenso dramatismo que ocasiona. Me pidió tiempo para responder. No tuve más remedio que acceder a su petición de prórroga.
Salimos del restaurante y nos despedimos, solo que esta vez el beso tuvo mayor sequedad de la que nunca tuvo uno nuestro. ¿Acaso mi declaración la hizo entrar en dudas?
Tal vez el día de mañana ella tenga más claro el panorama.

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