5 mar. 2018

(In)Vulnerable

Vista 1

-¡Ahora sí, hijos de la chingada! -el grito me sale con bastante naturalidad y causa el efecto que necesitaba, ya todos me miran desde la tercera palabra- Rápido, todos los celulares, ¡pero ya!

A veces me sorprende lo fácil que es esto. Subes, esperas el momento, gritas, amenazas, tomas las cosas, vuelves a amenazar, huyes y listo, ya tienes una buena ganancia en menos de cinco minutos. Un teléfono puede significar desde cien hasta unos cuantos miles de pesos, según el modelo que traigan, y siempre traen alguno bueno. Recuerdo que otros compas preferían el dinero hace unos años, pero ahora el negocio son los teléfonos, todos tienen uno, no hay falla con eso. Es cosa buscar un buen vendedor para deshacerse de la mercancía y listo, todos ganamos. El dinero es como un bono, ya no interesan las carteras y las bolsas, en realidad. Con eso de las tarjetas de crédito y débito, que hay muchos como yo "trabajando" estas rutas, pues ya no sale tanto, sólo unas cuantas monedas y uno que otro billete. Pero los teléfonos, esos siempre son apuesta segura.

-¡Rápido, los celulares! -el señor a mi derecha sigue desconcertado, pero tiene su teléfono en la mano, así que no le quedan muchas opciones. Me lo entrega con esa cara de estúpido que siempre suelen poner cuando les miro a los ojos, y también como todos, baja la mirada evitándome- Tú también, no te hagas. ¡Las carteras, órale!

Paso mi mochila enfrente de ellos. De derecha a izquierda los voy ubicando: un señor cuarentón, de esos gordos que pudieron ser de mis valedores, pero prefirió sufrir chambeando; una señora que debe andar en sus cincuentas, asustadiza como me convienen; una chica, no muy guapa pero que igual sí le daba; un tipo que parece que no aguanta el frío y viene cubierto casi hasta la cabeza con bufanda y todo; otra chica, seguro estudiante y también asustadiza; un tipo que de apariencia podría ser amenaza, calvo y de barba algo larga, pero que igual tengo controlado con los gritos; otros dos tipos más jóvenes, uno parece que va a echar cascarita o a la escuela, y el otro parece un trabajador más, la versión joven del primer señor; y el chofer, que no sabe si acelerar o frenar, pero ya lo iré dirigiendo. Ninguno de los pasajeros en esta combi parece tener ganas de hacerse el héroe, así que podré salir tranquilo.

-Tú, no te pares cabrón, vete lento y tranquilo. -tengo que ir jalando las riendas, no se vaya a alocar- Y ustedes, ¡rápido, los celulares! -el interior de mi mochila aún se ve vacío, distingo unos cinco teléfonos y eran... ¿cuántos pasajeros?- Faltan. Tú, tu celular- la segunda chica aún tiene el suyo en la mano, no sabe si entregarlo- Pásamelo, ¡ya! 

-Disculpa... -el barbón a su derecha está asustado, pero me ayuda un poco y me evita levantarme del asiento al quitarle el teléfono a la chica y echarlo en mi mochila. En otro caso, igual y le agradecía.

Ya son siete teléfonos, sólo falta uno... y es de ese tipo del otro lado de la combi. Ahora que lo pienso, no se ha movido para nada, sigue con las manos cruzadas, mirándome, cubierto con su bufanda. ¿Por qué soy yo el que no le sostiene la mirada? ¡Debería ser al revés! Tal vez está asustado... Pero no, esa mirada no es de miedo, ni siquiera es de enojo, parece que me está estudiando... Comos sea, no debo ponerme nervioso, ya llevo siete teléfonos de ocho, y dos carteras. No tiene caso insistirle, hoy hubo buen botín. Es hora de despedirme.

-Por aquí, vete parando. -el chofer es manso, no habrá problema para irme caminando, pero más vale prevenir- Traes cola, así que te sigues derechito y sin detenerte, eh.

Momento de bajar. Lo mejor es no correr, no parecer sospechoso, aunque la avenida esté casi desierta. Siete teléfonos, y al menos tres de ellos se veían de modelo reciente. Las carteras no creo que traigan mucho, y de dinero sólo vi un billete y un par de monedas, pero ni modo, ya habrá mejor suerte en la próxima. Sólo para estar seguro, un rápido vistazo a mis espaldas, asegurarme que siguieron mis instrucciones... No, no lo hicieron.

¡Carajo, ya se bajaron! Son cuatro, ya me siguen. Cruzo la calle corriendo. nunca fui muy bueno corriendo, pero los rivales no son la gran cosa. el señor es gordo, su versión joven también, el calvo barbón no parece del tipo deportista, y aunque el otro se ve delgado, dudo que me alcance, ya le llevo algo de ventaja. Cruzando la avenida está una colonia de mala fama, lo más seguro es que llegando a ese límite, se resignen y pueda huir más tranquilo... Pero no se detienen, siguen detrás, y el muchacho está cerca de alcanzarme.

Dolor en la cabeza. Dolor en la espalda. ¡El muy desgraciado me está aventando piedras! Intento aguantar, pero sin querer empiezo a ir más lento. No, no puede ser, ¡me alcanzó! Otro dolor, esta vez en mi pierna, porque me ha pateado; luego en brazos y rodillas, he caído; uno más en las costillas, su patada. Pinche chamaco, ya lo había logrado, ¿por qué chingados tenía que venir tras de mí? Como si no fuera suficiente, agarra mi mochila, se la quiere llevar.

-¡No, este es mío! -alcanzo a decir mientras meto la mano en la mochila, buscando mi propio teléfono. Está bien pendejo si cree que me lo va a quitar.

Se llevó mi mochila. Adiós a mi cuchillo, a mi "provisiones" y a mi trabajo de hoy. A ver qué les digo en la casa. Ya mañana será otro día.


Vista 2

A ver si no llego tarde. Se va a enojar el patrón, pero ¿cómo le hago? Con este tránsito no se puede hacer nada, yo quisiera llegar caminando en cinco minutos, pero quién los manda a tener las oficinas hasta allá. Además, uno tiene que lidiar con cada personaje... como este muchacho que se acaba de subir, tiene toda la facha de malandro y... ¡ay Dios, sí es un malandro!

-¡Ahora sí, hijos de la chingada! Rápido, todos los celulares, ¡pero ya! -nos grita, y la verdad es que sí me pone nerviosa. ¿Que tal que trae una pistola? Esta gente está loca y mejor ni provocarlos.

El señor que está entre nosotros es el primero que le da su teléfono. Pobrecito, se le ve la tristeza de entregarlo. A mí también me duele, y eso que no está tan nuevo como el de él, pero mejor que quede en cosas materiales y no termine uno con... ay, mejor ni pensarlo. Con tantas historias que cuentan de los asaltos y lo que una ve en las noticias a cada rato ya es suficiente para andar con miedo y cuidado en esta ciudad. Los otros muchachos del transporte también le dan los celulares, pero el malandro como que no se ve satisfecho. Ah, creo que es por la chica del fondo, que a penas le va a dar su teléfono... aunque el tipo a su izquierda no se ha movido para nada. ¿Vendrá con el malandro? Digo, trae la cara cubierta y no se ve preocupado ni nada. 

Padre nuestro que estás en los cielos... Mejor ni pienso en eso y que todo pase rápido, que se vayan y nos dejen tranquilos, al fin que ya nos arruinaron el día. El muchacho sigue pidiendo los teléfonos, y el tipo de la bufanda sigue sin darle nada. A ver si no por su culpa se pone loco el ratero y nos balean aquí... ay no, mejor ni pensar en eso. Que se vaya tranquilo, ya tiene lo que quería.

-Por aquí, vete parando. Traes cola, así que te sigues derechito y sin detenerte, eh. -le dice al chofer. Creo que eso de "cola" se refiere a que algún coche anda atrás de la combi, para asegurarse de que no se detenga, o eso he escuchado por ahí.

¡Al fin se bajó! A todos nos gana la curiosidad, y miramos por la ventanilla trasera, buscando el coche que nos va a seguir... pero no se ve ninguno, todos pasan de nosotros. Ahora que lo noto, el tipo de la bufanda sigue en su asiento. ¿Nos estará vigilando? No, creo que no venía con el malandro, porque también está buscando por la ventanilla, como todos. 

-No traes a nadie -le dice el señor a mi lado al chofer, mientras abre de nuevo la puerta y se baja, junto a los otros hombres que vienen abordo-.¡Vamos a partirle su madre! ¡Rápido, que se escapa!

Cuatro van tras de él, aunque en realidad el señor no parece que llegue muy lejos, no puede correr mucho. Los otros siguen corriendo pero también se van quedando en el camino, y los demás los miramos desde lejos. El chofer maniobra un poco, intentando acercarse a la ruta que tomaron en la persecución. Uno, dos minutos. Ya vienen de regreso, jadeando por la carrera que acaban de hacer el muchacho de barba y el que parece estudiante. En la mano traen la mochila del ratero, espero que con todas nuestras cosas. 

Se suben a la combi y el chofer arranca. Quienes nos quedamos tenemos la duda de cómo alcanzaron al ratero y cómo recuperaron la mochila. Aún jadeando, el señor nos cuenta que lo siguieron, pero como iba muy rápido, agarraron algunas piedras de la calle y se las aventaron. Le dieron con unas cuantas, y eso fue suficiente para que le dieran alcance y le quitaran la mochila, específicamente el muchacho que parece estudiante, que fue el más rápido de todos. Nos cuentan que alcanzaron a patear al tipo, y que todavía lloriqueaba porque no se llevaran su teléfono. 

El chofer interviene en la plática, nos pide seriedad y honestidad, ya que van a repartir las cosas que trae la mochila. Todos escuchamos atentos y vamos tomando lo que nos pertenece. Los muchachos y el señor siguen emocionados, comienzan a platicar sus anécdotas de otros robos, pero la verdad es que ya no quiero saber nada de eso. Al menos hoy pudimos recuperar nuestras cosas. Ahora sólo espero que el patrón no se enoje porque llego un poco tarde.


Vista 3

Ya uno no puede ver su teléfono a gusto. Me habían dicho que esta zona era peligrosa, pero no creí que me tocara experimentarlo en carne propia, o que reaccionaría como lo hago ahora. Y es que ese grito desconcertaría a cualquiera. El tipo no parece muy fuerte ni muy violento, pero el tono en su voz me hace pensar que es mejor no provocarlo.

¿Quién lo diría? Cuando mis amigos me contaban de sus experiencias con la delincuencia de esta avenida, solía responderles que deberían hacer algo. La mayoría son deportistas, tienen fuerza y habilidad para al menos mantener buena pelea con uno o dos individuos sin mayor problema. Me contaban que algunos llevan armas, y que resulta peligroso aventarse a los golpes así. Yo me reía, lo admito. Pero ya no lo haré. Este tipo no trae armas, y aún así hay algo en él que no me deja moverme o reaccionar como creí que lo haría al encontrarme en una situación así. Tal vez sea la cercanía, sólo nos separa un muchacho que parece dirigirse a su trabajo. El punto es que no me animo a hacer nada, sólo a entregarle mi teléfono, el bueno, porque no me dio tiempo de sacar el chafita. Al final menos lo tengo con bloqueo de código, tendrá que resetearlo de fábrica y se perderá mi información.

Todos le entregaron su teléfono, excepto el tipo de la bufanda. No se ha movido ni ha dicho nada, pero el ratero tampoco parece darle mucha importancia. Supongo que es mejor tener cinco teléfonos seguros que arriesgarse a conseguir seis, o eso me da a entender ahora que le pide al chofer que se detenga, mientras amenaza con que sus compinches nos van a seguir.

Pero es mentira, no tiene compañeros, al menos no en las cercanías. Nos bajamos algunos del transporte, sin perder de vista al ratero, quien ya se dio cuenta que lo seguiremos. Se echa a correr y nosotros vamos tras de él. Obviamente, no todos podrán correr, pero el tipo de barba que estaba a mi lado parece que sí tiene buena condición física. Es el momento del calentamiento antes del partido.

Ambos corremos lo más rápido que nuestras piernas nos permiten, pero creo que el deporte sí me ha dado cierta ventaja en esta ocasión, porque a los pocos metros noto el rezago de mi compañero de trayecto. Ahora sólo yo voy detrás del ladrón, pero ya me lleva suficiente ventaja como para que lo pierda si da vuelta en alguna calle. Peor acabo de ver una opción: al lado de la banqueta por la cual corremos se encuentran algunas piedras pequeñas. Intentando mantener la velocidad, me agacho para recoger algunas, aunque las primeras se escapan entre mis dedos. Tres o cuatro, no necesito más, no alcanzaré a lanzar más. Afino puntería, calculo el ángulo en que debo lanzar, inhalo con dificultad y lanzo con toda la fuerza de mi brazo. Fallé. Segundo lanzamiento, el ratero ya está advertido, así que no debo equivocarme con la siguiente. Y no lo hago.

La piedra golpea su cabeza, él disminuye la velocidad un poco. Tengo que aprovechar, así que lanzo otra piedra, esta vez a su espalda, y el impacto tiene mayor efecto. Sigo corriendo, ya estoy cerca. Es como si persiguiera un balón, apuntando para centrar y que anoten gol, sólo que el balón es un ladrón. Lanzo una patada que en el juego no sería legal, golpeando su pierna. Ha caído, pero la adrenalina sigue en mi, y otra patada llega hasta sus costillas. Ojalá pateara siempre con esta fuerza, seguro que tendría más goles en mi historial. 

Ahora, a lo que vine. Su mochila está en el piso, así que la tomo mientras vocifera algo que no logro entender, mis oídos zumban un poco. Toma uno de los objetos que estaban guardados y se arrastra en dirección contraria a donde estoy. Creo que era su propio teléfono. No importa, ya tengo lo que quería, él y sus cosas no me interesan.


Vista 4

Lo vi cuando se subió. Vi cuando el tipo a su lado se bajó unos segundos después de mirarlo. La verdad, me pareció extraño, pero a la vez lo justifiqué pensando que se habría equivocado de transporte. Ahora que lo analizo, en realidad estaba huyendo de lo que adivinaba inevitable. 

El tipo que se quedó abordo del transporte trae una gorra y una mochila simple roja. Nos exige que le entreguemos los teléfonos de cada uno. Es curioso, siempre me imaginé que tendrían que gritar el clásico "¡Esto es un asalto!", pero él no lo hace, va directo al tema y grita que le entreguemos lo que traemos. Todos le obedecen, algunos más lento que otros, pero comienzan a entregar sus pertenencias. La chica que viaja al lado mío incluso busca entre las bolsas de su mochila, porque no lo tiene a la mano. 

Admito que en un primer momento, tuve el instinto de entregar mi teléfono. En realidad, no habría sido el mío, sino el que me prestan en el trabajo, y mi mano ya estaba por dirigirse al bolsillo de mi abrigo en donde lo guardo. Sin embargo, algo me  hizo detener, creo que es curiosidad. 

Veo a todos los pasajeros entrando sus pertenencias, los veo resignados, impotentes, temerosos. Al asaltante lo veo ansioso, percibo cierta falsedad en su agresividad. Y yo, sin querer me veo. Así siento este momento, como si lo viese en una pantalla, como si no estuviera presente en este vehículo, como si no estuviera en riesgo de perder mis cosas o incluso de ser agredido. 

Fijo mi mirada en el asaltante y sus movimientos. No busco identificarlo, es curiosidad lo que tengo. Cómo se mueve, cómo exige las cosas, la manera en que es capaz de someternos a ocho personas, nueve si contamos al conductor. Nota la mirada por encima de mi bufanda y, curiosamente, evita el contacto visual. Creí que al contrario, me miraría directo a pos ojos y se concentraría en intimidarme, pero no lo hace. Al ver que no sigo sus instrucciones y tampoco me muevo, sólo me ignora y va contra quienes sí lo consideran. Es curioso, casi de risa. 

La joven a mi derecha parece hacer algo parecido a mí. Tal vez nuestra tranquilidad sea porque somos los más distanciados al ladrón, de alguna manera estamos fuera de su alcance. No obstante, ella está buscando algo en las bolsas de su mochila. Saca un teléfono y lo ofrece al intruso del transporte. Él no lo alcanza, se da cuenta casi al mismo instante, así que hace uso de otro de los pasajeros. Y yo sigo como espectador, sonriendo un poco ante lo chusca que me parece la escena. Quién sabe si habría reaccionado con agresividad si viera mi sonrisa, pero no lo sabré gracias a la bufanda que oculta la mitad de mis expresiones. 

Ya tiene todo, así que lanza una última amenaza para cubrir su escape, y entonces sale de la combi. Ahora todos comparten mi rol, se vuelven espectadores de una fuga muy tranquila. Es el señor mayor, el primero que entregó su teléfono al asaltante, quien toma la iniciativa y saca del ensimismamiento a todos. La fuga aún puede ser frustrada, y los más capaces salen inmediatamente tras el ladrón, luego de asegurarse de que no hay cómplices suyos en las inmediaciones. De nuevo, algo me detiene, y sigo sin saber si es miedo por los riesgos, indiferencia porque yo no sufrí pérdida alguna, una mezcla de frío y flojera que me evita moverme, o simple estupefacción por la escena vivida. 

Por la ventanilla de la combi veo parte de la persecución. El conductor maniobra un poco para acercarse, pero la calle no permitirá mucho. No transcurren ni dos minutos y ya puedo vislumbrar al grupo de pasajeros regresar con pasos más tranquilos, jadeantes y sin expresión en sus rostros. Quienes nos quedamos a bordo del vehículo sospechamos que no lograron darle alcance, hasta que vemos en la mano de uno de ellos una mochila que no llevaban al iniciar la pequeña carrera. 

Todos a bordo otra vez. No hay héroes específicos, la adrenalina aún les invade y dificulta sus respiraciones, aunque motiva sus voces, pues todos cuentan sus versiones de lo sucedido. Mientras lo hacen, el contenido de la mochila empieza a regresar a sus dueños originales en un acto de confianza que el conductor invita a respetar. Nadie toma lo que no le pertenece, sería irónico. 

Las historias comienzan a surgir, las experiencias individuales salen a la luz, así como los conocimientos de cada uno respecto a la delincuencia. Nuevos pasajeros suben conforme avanzamos en el trayecto original, pero no preguntan nada. Pos comentarios les hacen imaginar lo sucedido y prefieren evitar el tema. Parecen pensar que hablar de ello sería como un llamado a que suceda de nuevo. 

Yo, sigo en mi papel de espectador. Desde ahí me siento invulnerable, aunque esté tanto o más expuesto que otros, aunque esa pasividad pueda interpretarse como indiferente o desafiante, con empatía o recelo por parte de los demás pasajeros. Así ha transcurrido mi primer atraco. Para bien o para mal. 


Este relato es acerca de un acontecimiento real. Sucedió la mañana del 20 de diciembre de 2017, aproximadamente a las 7:30 horas en la zona de San Andrés, en Tlalnepantla de Baz, Estado de México. No pude escribirlo en aquellos días por cuestiones de tiempo, pero confío en que pueda ser de utilidad para quienes lo lean, en especial aquellas personas que a diario deben lidiar con la posibilidad de la delincuencia en la ciudad (de México).

28 feb. 2018

X-CEN

No recuerdo cómo inició todo. Alguna vez me lo preguntaron, y sólo pude responder lo que me tocó ver desde mi posición. Y es que cada uno de los que participamos tuvimos nuestro lugar; algunos cobraron mayor protagonismo, otros se desviaron del camino, algunos más siguieron sus propias intenciones. Pero luego de una década, ya no me atrevo a condenar a ninguno.

Y es que todo empezó con un día de descanso. Todos anhelábamos ese día extra de asueto con que se nos "amenazó", e incluso fuimos lo suficientemente ingenuos y egocéntricos para creer que se trataba de una maniobra para descansar más días de los estipulados de manera oficial. Recuerdo haber sido uno de los que defendieron tal teoría.

No recuerdo qué día fue, sólo recuerdo que algo me motivó a averiguar más al respecto de aquel conflicto. Recuerdo que esa curiosidad se originó gracias a un correo electrónico, de esos que hoy califico de alarmistas, y que si bien estuve a punto de menospreciar, su remitente me hizo pensarlo dos veces, además de incitarme a descubrir las razones y orígenes de ello.

No recuerdo cuántos éramos los que acudimos ante las puertas tras las que se atrincheraron quienes nos separaban de continuar nuestra rutina de estudios, y nunca lo sabré con certeza. En mi memoria se mantienen escenas de cómo comenzaron a dispersarse las teorías y a congregarse las personas. Cuando me di cuenta, la curiosidad y la suerte me habían encaminado al centro de esa improvisada organización. Me encontraba debatiendo con otros compañeros, desconocidos hasta antes de esa reunión, acerca de nuestro futuro y de cómo tomaríamos las riendas del mismo, evitando que terceros lo afectaran a su antojo. Al mirar alrededor, nos habíamos congregado desde los cuatro posibles y distantes puntos: Norte, Sur, Oste y Más al Sur.

Cuando miro en retrospectiva aquella época, me doy cuenta de lo ignorantes que debimos parecer ante ojos más experimentados, desde la manera en que nos hicimos llamar hasta las propuestas que queríamos exponer. También de lo ilusos que éramos al suponer que teníamos una participación decisiva en aquel conflicto. En cierto modo, creo que fuimos un grupo de infantes haciendo berrinche y pidiendo atención porque nos quitaron un juguete que ni siquiera valorábamos como debíamos cuando lo teníamos. Aún así, me alegra que haya sucedido.

No me malinterpreten. Pocas veces nos dejamos llevar por lo visceral, siempre procuramos mantenenos centrados y congruentes con lo que llegamos a llamar por unas horas "nuestros estatutos", pero sonrío al recordar que en verdad creíamos con toda nuestra inexperiencia que estábamos haciendo algo único y diferente, o que teníamos verdadera participación en aquella batalla. Éramos espectadores, pero insistimos en sentirnos protagonistas, unos más que otros. Y cuando algunos nos dimos cuenta de ese error, ya era tarde para que de verdad tomáramos protagonismo. Agotamos nuestra energía, propia de la juventud, en ilusiones, y el poco asesoramiento que pedimos y aceptamos lo enfocamos a castillos en el aire. Aún así, me alegra que haya sucedido.

No recuerdo las fechas, pero sí recuerdo aquella ocasión específica en que la misma energía jovial que nos impulsó a organizarnos para enfrentar obstáculos, también nos encaminó a la diversión momentánea. Jugamos a convivir, y de manera muy natural, comenzamos a beber y reunirnos, cada vez con más frecuencia. Ahora que lo pienso en voz alta, pareciera una historia individual y no de un grupo, pero siendo fiel a la verdad, en aquellos días éramos unidad, un conjunto que se obstinaba en continuar y cuyos vínculos se reforzaban con cada nueva reunión, sin importar la seriedad o informalidad que tuvieran. Recuerdo que en aquel entonces me pareció haber transcurrido toda una vida, viendo casi a diario los mismos rostros llenos de decisión, esperanza y compañerismo, conviviendo fraternalmente, especulando acerca de nuestro futuro y de la comunidad misma, minimizando las obvias diferencias que en algún otro escenario nos habrían distanciado, pero que en el contexto que nos tocó vivir, sirvieron incluso para complementarnos, reforzarnos y conocernos como grupo.

Tampoco recuerdo la fecha exacta en que concluyó aquel episodio que nos hizo unirnos. Recuerdo la noche en que abundaron las llamadas, los mensajes, las risas y las lágrimas. Todo volvería a la normalidad, pero ya no queríamos esa normalidad. Ya nos habíamos acostumbrado a la rareza de grupo que habíamos conformado, y sabíamos que, con la huelga, también se acababa, al menos como lo conocíamos. Prometimos muchas cosas y cumplimos varias de ellas. Sin embargo, sabíamos que nuestra prueba ante el tiempo y la distancia recién había comenzado.

Hoy lamento que se desgastaran muchos de esos vínculos. Lamento que los caminos de varios de nosotros se hayan separado tanto, pues cada quien supo aportar desde su personalidad hasta sus habilidades innatas y en desarrollo, para la causa que defendimos. Lamento que varias de esas personalidades y habilidades también fungieran como motivos de separación entre nosotros. Lamento que de aquel grupo donde veía más de veinte rostros ansiosos por demostrar que podíamos lograr muchas cosas, hoy sólo llegue a encontrarme con menos de una decena, y ni siquiera a la vez. Lo lamento, pero también agradezco aquella época que me permitió conocer a tan prominentes personas, y agradezco aún más que en cada una de las ocasiones que volvemos a cruzar caminos, podemos saludarnos como en aquellos días, como si aún nos encontráramos en la misma trinchera.

Una huelga de universidad es lo que recuerdo. Una que, a los pocos meses, sería considerada como la de mayor duración en mi alma máter. Una huelga que detonó como extensión de un descanso, y que desde el lugar que la viví, también me ayudó a formar vínculos que el tiempo no ha logrado mermar, a pesar de distancias y maneras de pensar. Gracias a esa huelga descubrí la facilidad que tenemos para organizarnos cuando tenemos un fin en común, y la hermandad que somos capaces de fomentar entre desconocidos si logramos coincidir en algunas ideas.

Gracias, Ex-CEN e integrantes del mismo, que una década después aún están presentes en mi memoria.

4 ene. 2018

Murciélagos

Luna llena. Los edificios en los alrededores se bañaban de la blanquecina luz nocturna, mientras la mayoría de las luminarias artificiales se iban apagando, sucumbiendo al tiempo y las promesas de actividades al día siguiente. Desde el balcón se visualizaba esa somnolencia que comenzaba a invadir las calles.

La celebración en aquel salón rentado también había concluido sus mejores momentos, y ni siquiera habían sido tan buenos, a parecer de él. Habían asistido en grupo a un festejo relativamente improvisado, pero el alcohol hizo estragos en varios de los asistentes, y los pocos que resistieron ya se preparaban para irse. Sólo quedaban ella y él, bebiendo distraídos y con pequeños sorbos, mirando la luna y su manto nocturno.

-Vaya fiesta, ¿no crees? -dijo ella, para romper el silencio entre ambos.
-¿Qué te digo? No todos aguantan igual el vino.
-¿O sea que tú sí aguantas tomar mucho? - preguntó con cierta malicia juguetona a su compañero.
-No mucho, pero hoy parece que les gané a varios.
-Ganamos. No eres el único sobrio que queda.

Miraron a sus espaldas. Los pocos asistentes que aún se encontraban en el salón ya preparaban sus abrigos para dirigirse a sus hogares.

-Dentro de unos minutos, tal vez.
-No creo. Yo pienso estar sólo un poco más por aquí, y no está en mis planes embriagarme.
-No eres la única con esos planes. Pensaba sentarme a ver la luna un rato, ¿gustas?
-Claro, en un momento. Iré por unos cigarros.

Ambos entraron al salón. Ella se dirigió a la mesa donde horas antes había cenado para buscar en su bolsa de mano la cajetilla de cigarros y el encendedor. Él, mientras tanto, tomó dos sillas de la mesa más cercana y la colocó en el estrecho balcón donde había platicado con su compañera. Desde ahí podrían admirar la blanca luna y cómo las construcciones aledañas buscaban en vano cubrirla con su altura. La brisa tenía una calidez peculiar para la hora, casi medianoche, y la sed de ambos pareció delatarse con una ligera sonrisa.

Optaron ambos por un whiskey en las rocas, los cuales serían provistos por una de las últimas botellas nuevas de la fiesta, y tomaron asiento en el cálido balcón, mientras a sus espaldas continuaban los otros invitados el ritual de despedida entre ellos mismos. La música ambiental no era estruendosa, pero servía para cubrir un poco las pláticas ajenas y mantener con cierta privacidad la de ellos. La tonada sugería cierta tranquilidad que comenzaba a envolverlos bajo la luminosa presencia de la luna. 

-¿Escuchaste eso? -preguntó ella con calma.
-Si. ¿Qué será? 
-No lo sé. Parecen chillidos, o algo así. -aguzó el oído en dirección a la calle mientras se acercaba al borde del balcón. Los cinco niveles que les distanciaban del suelo a penas eran visibles a esas horas -Creo que son murciélagos.
-¿Qué? ¿Cómo que murciélagos?
-Si, suenan parecido.

Se miraron por unos instantes ante tal ironía. "¿Cómo es posible que haya murciélagos aquí?", dijeron casi al unísono mientras dejaban escapar las risas contenidas. Algunos de los invitados voltearon hacia donde ellos se encontraban, para luego ignorarlos otra vez y continuar con sus eternas y casi somnolientas despedidas.

-¿Quién diría que nos íbamos a encontrar murciélagos en esta zona de la ciudad? No entiendo cómo es que pueden vivir aquí, seguro tienen su nido bajo este balcón.
-Es probable. Entre el clima y el lugar... nunca me hubiese imaginado que habría murciélagos.

La plática se encaminó hacia varios tópicos. Hablaron del pasado y sus consecuencias, de las decisiones tomadas y también de los esbozos que el futuro parecía regalarles en sus vidas. Cada vez que los vasos se vaciaban, él se encargaba de resurtir el contenido y ella de proponer un nuevo brindis. La botella se fue vaciando a buena velocidad, así como las ideas que ambos deseaban expresar desde tiempo antes, y ahora que encontraban receptor, parecían cobrar más sentido e importancia. Debatieron un poco acerca del amor, pero el tema no era el idóneo para aquella noche, así que comenzaron a hablar del panorama que desde el balcón vislumbraban.

Fue entonces que notaron el cambio de música. Una melodía lenta comenzaba a invadir la estancia con sus primeras notas, y las últimas dos personas que quedaban en el salón continuaban ocupadas poniéndose al día de sus respectivas vidas. Ella y él los espiaron unos momentos, y luego de confirmar que prácticamente estaban en otro mundo para ellos, volvieron su vista hacia la luna, que bañaba la larga cabellera de ella en un tono plateado, confiriéndole cierta sensualidad. Él no lo había notado hasta ese momento, pero a su lado se encontraba una mujer muy atractiva, y que discretamente le miraba, como si evaluase sus reacciones a cada movimiento que hacía, desde levantar el vaso, beber un pequeño sorbo de él o mientras se acomodaba el cabello hacia un lado, dejando al descubierto la pálida piel de su cuello.

-Esa música es muy sensual. Casi ideal para un striptease. -aventuró ella, mientras una sonrisa coqueta se dibujaba en sus labios.
-Sádica. -fue lo único que se le ocurrió responder luego de mirarla por unos segundos, en los cuales descubrió la potencial lujuria que ella era capaz de desplegar con sólo esbozar semicírculos con su cadera, incluso desde su asiento. -Sabes qué reacciones me provocas con eso, y sabes que tengo que aguantarlas.
-Si... -a su sonrisa se sumó un atisbo de satisfacción, y lentamente se levantó de su asiento, mientras acomodaba su blusa y desarrugaba un poco el pantalón, ambos del color de la noche. -Te voy a hacer sufrir un poco más.

Sin mayor preámbulo y con la decisión que le caracterizaba, se dirigió hacia él y comenzó a danzar al ritmo de aquella música embriagante. Su cadera marcaba un lento vaivén que de inmediato lo hipnotizó. Sus manos recorrían su propia silueta, y él sólo observaba, envidiando el recorrido que hacía mientras imaginaba el siguiente movimiento. Ella se acercó un poco más, y sus pechos rozaron el rostro de él, a penas lo suficiente para que la reacción natural se hiciera notar, y luego giró quedando de espaldas a la silla y su ocupante, mirando por encima del balcón hacia la luna. Él no pudo contenerse y le sujetó por la cintura, mientras se ponía de pie y avanzaba hacia ella. 

El calor de la noche se sumó al propiciado por el alcohol potenciando sus efectos en una lasciva explosión, ocasionando que las prendas se fueran deslizando hasta el suelo a gran velocidad. Primero los pantalones de ella, luego los de él. Cayeron después camisa y blusa, mientras la ropa interior fue desplazada de su lugar sólo lo suficiente para poder continuar el desborde de lujuria de ambos. Nunca sabrían cómo llegaron a esa situación, ni cuánto tiempo estuvieron admirando sus cuerpos bajo la luna, explorando su piel. Tampoco sabrían cómo pasaron de fundirse en silenciosos e intensos movimientos, a desatar su energía en progresivas y salvajes arremetidas. No podrían calcular siquiera cuántas caricias suaves compartieron antes y después de saborear el néctar lúbrico que destilaban. Ignorarían el momento en que una fiereza obscena les incitara a cumplir algunas de sus fantasías y fetiches. No lo sabrían ni les importaría, pues el placer se apoderó de ambos y no les dejó libres hasta saciar algo de esas ansias de un éxtasis supremo mientras el alba amenazaba con espiarles. 

El control sucumbió ante el deseo. Él se colocó detrás de ella, ella encima de él, en la silla, contra la pared, ambos tendidos en el suelo, con sus piernas entrelazadas, sujetando el cabello de ella, arañando el peco y espalda de él, adoptando toda posición que el reducido espacio del balcón les permitía. Sólo se detenían cuando el sonido de sus expresiones parecían superar la armonía de la música, quedando vulnerables a nuevas miradas, pero la pausa era a penas suficiente para recobrar el aliento y dejarse llevar por la atracción y dejando la templanza en el olvido. Ella sintió tocar el cielo dos veces y él se desplomó junto con ella tras alcanzarlo, jadeantes, aún ansiosos y con un nuevo e incipiente deseo que se transmitía en el fulgor de sus miradas y en la humedad que escurría entre sus muslos. Aún después de ello, y con algo de esfuerzo, las caricias y los besos continuaron invadiendo distintas zonas de sus cuerpos. Sus lenguas clamaban por volver a saborear los manantiales de la lujuria, y sus manos se hacían cómplices en el reacomodo de sus prendas. La prudencia regresaba poco a poco.

Cuando finalmente se vistieron, echaron un vistazo al salón. Ya no había nadie, y también notaron que también la música había cesado y las luces sólo mantenían visible la puerta de salida. El único sonido que aún recorría ocasionalmente la noche, era el de los supuestos murciélagos del balcón. Al estar conscientes de ello, compartieron un par de risas más, intentando dejar en el pasado su encuentro, pero sus manos aún jugaban a desatar los instintos.

-Creo que ya es hora de que cada quien se vaya a dormir. 
-No quisiera... -la respuesta de él sonaba más a invitación que a conclusión.
-Pero debemos. Ya fue mucho por hoy.

La mano de él se había acercado con sigilo hasta la cintura de ella, y con un hábil movimiento se había comenzado a colar de nuevo entre sus prendas. Al no encontrar rechazo inmediato, acercó su cuerpo al de ella, con nuevas y lujuriosas expectativas. Un nuevo chillido de murciélagos les hizo volver a ambos a la realidad, y con irónica timidez continuaron caminando hasta la salida, separados y sin mirarse, pero aún sintiéndose.

-Que raro encontrar murciélagos aquí, ¿no? -mencionó, como si quisiera aligerar la conversación.
-Si, tan raro como lo que acabamos de hacer.

Silencio. 

-Ojalá haya más noches de murciélagos.
-Tal vez... -dijo ella con esperanzadora complicidad.