12 oct. 2010

Día 12: Lágrimas

Qué curioso es este asunto de la muerte.
Imaginaba que después de mi último suspiro, del último latido de mi corazón, ya no habría nada. Como si me quedara dormido y ya nunca despertara. Pero no fue así.
He muerto, y por mi propia decisión, pero aún estoy en este mundo. Estoy y no estoy. Puedo ver mi cadáver mientras escribo de nuevo en este diario que creí no volver a utilizar. Soy un fantasma, supongo.
Si escribo es porque al parecer no ha terminado mi venganza. Al parecer, sigo aquí porque aún debo ver algo más, y ni siquiera la muerte es capaz de evitar eso. Tal vez esté destinado a mirarla sufrir. Tal vez es así.
Hoy encontraron mi cadáver en la madrugada. Todo fue de lo más común, incluso puedo decir que lo había visualizado así. Sorpresa, gritos, lágrimas, histeria, dolor, remordimiento, arrepentimiento, sufrimiento…
Salieron a la luz varios sentimientos de los que nuca me había percatado en mis amigos y familiares, y no estoy seguro de si sean sinceros todos ellos. La muerte de alguien suele ser el mejor momento para decir lo que no pudiste decirle en vida.
Todo sucedió rápido y de la manera clásica. Hicieron un par de averiguaciones, encontraron mis notas, se preparó el funeral, se inició el velorio. El velorio es lo que había estado esperando…
Ahí la vi. Tal como lo había planeado, mi antigua musa asistió a mi velorio, a darme el último adiós, como le llaman muchos. El color negro de sus ropas la hacían verse tan bella como la primera vez que nos encontramos, y las lágrimas de sus ojos me hacían recordar esa tarde de lluvia que pasamos juntos. El dolor estaba clavado en lo más profundo de su alma, y yo era el único responsable. Y me alegro de ello.
Verla llorar, arrepentirse de lo que hizo, sufrir en cada instante que miraba mi ataúd, en cada instante que se acercaba a mirar mi cuerpo ahora inmóvil y frío, cada vez que escuchaba mi nombre… Tanto sufrimiento en ella, tanto dolor, tantas lágrimas. Mi plan dio resultado, conseguí lo que quería.
No sé si fui el primero, pero sé que fui el último. El resto de su vida será de infelicidad, el amor dejará de existir en su inmunda vida, esa vida que no quiso compartir conmigo, esa vida que era la razón de la mía. Ahora puedo decir que estamos a mano. He consumado mi venganza.
Es curioso, pero aún después de eso, sigo en este mundo. Tal vez aún me quede algo por ver, algo más de ella que me es necesario tener en mis recuerdos cuando deje este limbo entre la vida y la muerte. Y mientras espero, sigo contemplando el rostro de ella, bañado en lágrimas, escuchando sus lloriqueos y lamentos por no poder haber estado conmigo. Escucharla gritar “¿Porqué se fue? ¿Por qué no le llamé?” me provoca un éxtasis inmenso, similar al que me provocaba con su mirada y sus promesas.
Seguiré viéndola, y seguiré esperando ese momento en el cual pueda continuar con mi vida, o más bien, con mi muerte.
Satisfactoria ha sido mi venganza.

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