5 oct. 2010

Día 5: Amor

¿Acaso he llegado al cielo? ¿Será que encontré un ángel con su propio paraíso terrenal? Dudo que la respuesta sea afirmativa a cualquiera de estas preguntas, pero se acerca mucho a lo que es.
No la vi en toda la mañana. De hecho, tuve que esperar algunos minutos afuera de la escuela hasta que ella saliera, pero la impaciencia que tenía desde el día anterior me estaba destruyendo de adentro hacia a fuera. En cuanto me vio pareció que no quería estar conmigo, que de alguna manera la había distanciado. Sin embargo, la realidad era que había olvidado algunas cosas en la escuela, y una de sus amigas las llevaba consigo para evitarle el trayecto tan largo.
Me acerqué a ella, teniendo sumo cuidado de no presionarla, de no hacerla sentir acechada. Pero en mi cabeza con duro trabajo pude controlar mis ganas de cuestionarla, de exigirle una respuesta por mi pregunta del día anterior.
Ella llegó hasta mí con una sonrisa de oreja a oreja, una muy similar a la que tenía cuando hablamos por primera vez. Eso me llenó de esperanza, de que ya hubiese decidido sobre mi situación, nuestra situación. Cual no sería mi sorpresa al notar que hablaba de otras cosas, evitando a toda costa mencionar cualquier cosa relativa a nosotros dos juntos. Me llené de tristeza, y ella pudo notarlo
Con sus suaves y tiernas manos levantó mi cabizbajo rostro, y con una sutileza increíble me pidió que le acompañara hasta su casa. Hubiese saltado de alegría de no ser por lo ridículo que me hubiese visto y por que aún sentía cierta punzada en mi vientre, esperando un vigorizante sí o un destructor no.
Caminamos por varias calles mientras una suave llovizna nos cobijaba con su fría sensación, platicando de lo que nos había sucedido, o más bien, yo iba escuchando lo que a ella le había pasado. No quería hablar, no me atreví a hacerlo. Sentía que al hablar solamente tendría como punto de conversación mi amor declarado, la respuesta que esperaba y la impaciencia que me llenaba cada poro.
En determinado punto nos detuvimos, y ella me dio a entender que habíamos llegado a su casa. El lugar era sencillo pero elegante, muy similar a la persona que ahí vivía. Nos acercamos hasta la puerta, semi empapados por la llovizna incesante de la tarde, y ahí estuvimos un largo rato, platicando. Yo miraba mi reloj, esperando con ansia una de dos cosas: o el momento en que me diera una respuesta o el momento en que pudiera irme. Mi sufrimiento y agonía parecían incrementarse como el agua en el pavimento, así que mientras menos tiempo estuviera cerca de ella, al menos mientras su indecisión durara, para mí sería mejor. Era una irracionalidad de mi parte el exigirle en tan poco tiempo una decisión de tal magnitud, pero no podía hacer otra cosa, mi impaciencia es demasiada.
Sentí entonces sus dedos rozando mi mejilla, y al levantar la vista me encontré con una mirada seria pero igual de bella que todas las que ella me había mostrado. Sonrió de nuevo y me habló suavemente, con tranquilidad en sus palabras pero al mismo tiempo con una decisión envidiable. Lo había pensado ya, su respuesta estaba lista, pero había estado buscando el momento indicado para decírmela. Sí.
Ese par de letras, ese sonido tan simple fue la causa de mi felicidad. No pude contenerme y la abracé con fuerza, para luego separarnos un poco y mirarnos fijamente unos segundos. El beso que sellaba nuestra relación fue el punto final de la plática.
De nuevo perdí la noción del tiempo, no supe cuanto tiempo pasó. Al darme cuenta ya estaba despidiéndome de ella desde la banqueta frente a su casa. De pronto, todo en mí cambió.
Ahora las cosas toman un nuevo color, uno muy hermoso.

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