14 feb. 2015

Placebo

Miro de nuevo el reloj, esperando que sólo hayan transcurrido un par de minutos y que no llegarás tarde a nuestra cita. Pero la realidad es otra, han pasado casi una hora y mi café se ha enfriado, aún no sé de ti, en mi celular no hay ni un mensaje o llamada que me evite la espera que continúo.

No me sorprende, de verdad. Sé bien de qué se trata lo nuestro, estoy consciente a qué debo atenerme contigo, o más bien, sé que no debo atenerme. Lo supe desde el principio, y lo digo sin presunción o reclamo. A ojos de otros, estoy seguro que también resultaba bastante obvio, sólo se requería observar las señales.

En alguna ocasión lo platicamos, ¿recuerdas? En nuestras charlas nocturnas (¿aún se usa la palabra “charla”?), esas que nos tenían despiertos hasta la madrugada, llegamos a tocar el tema de las relaciones, noviazgos o como se le quiera denominar. Hablábamos de que uno no debería aventurarse a estar con otra persona si previamente no había realizado una correcta depuración de sus anteriores relaciones. Coincidimos en que no puedes avanzar a la siguiente casilla si aún tienes asuntos pendientes, o peor aún, recuerdos recurrentes. Es un riesgo para ambas partes, aunque en definitivo es más doloroso para esa otra persona. Recuerdo también cuando decidimos ignorar lo dicho en esas noches e intentar estar juntos.

No tengo queja al respecto, me agradó cómo se suscitó todo. Muy natural y espontáneo, muy a tu estilo. Me gustó cómo ignoramos nuestras propias reglas y advertencias para atrevernos a hacer pareja. Sé que nunca nos gustaron los adjetivos para esa relación, tal vez por eso bromeábamos al respecto y nos tomamos tan a la ligera esa situación. Fueron buenos tiempos esos en los que nada nos importaba mas que estar tranquilos, juntos, felices.

Es complicado retomar el camino correcto cuando desde el principio uno decide ignorar las advertencias, pero lo intenté. Las primeras señales de alerta recuerdo que surgieron después de unas semanas de estar juntos, cuando tu teléfono no dejaba de sonar, esperando que finalmente respondieras la llamada. No sabía quién era, y no quería imaginarlo, siempre quise pensar que se trataba de trabajo en horas poco adecuadas y por eso ignorabas el sonido insistente. Pero cuando finalmente respondiste, esa noche en que incluso tuviste que apartarte de mí para poder hablar con libertad (lo que me pareció algo irónico, siendo que supuestamente gozábamos de ello estando juntos), de alguna manera que no puedo explicar, supe que era él.

Nunca te lo recriminé, sólo pregunté por curiosidad. Y realmente pude haber ignorado el incidente y continuar como si nada hubiese pasado, pero la reincidencia no me dejó muchas ganas hacerlo. Desde entonces, cada vez que escuchaba tu teléfono sonar, no podía evitar sentir un molesto cosquilleo en el vientre, uno de esos que te advierten el peligro inminente pero que ignoras porque no ves el peligro presente en la habitación. No mencioné nada, era obvio que disfrutabas platicar con él, ya fuese en llamadas o por mensajes, e incluso parecías disfrutar de alguna extraña manera cuando discutían, como en algunas ocasiones noté que hacían. Era cuando me repetía a mí mismo que yo había elegido eso, que desde el inicio sabía en qué me estaba involucrando, que sólo era un placebo para ti, y que más que victimizarme o sentir celos, debía primero admitir que yo estaba haciendo algo similar contigo.

El tiempo pasó, no sé cómo. Los días se hicieron meses, y antes de darme cuenta, salíamos casi a diario, no podíamos estar de otra manera, necesitábamos vernos, nos necesitábamos para olvidarnos del resto del mundo. Fueron buenos meses, tan pasionales y sexuales como divertidos y románticos. Creo que eso era lo que no nos permitía terminar nuestra relación placebo, pues obteníamos lo que otros no podían darnos.

Sé que no hace mucho que decidimos terminar de manera formal. Lo digo así porque ambos sabemos que no terminamos, pues nos seguimos viendo, seguíamos saliendo, continuaron nuestros encuentros. Y creo que hubiese funcionado, al menos un tiempo más, de no haber notado cierto patrón en nuestros comportamientos.

En mi caso, dejé de ver a otras personas, no tenía interés en nadie más que en ti, y como sabía que por momentos retomábamos lo nuestro, consideré que no era necesario involucrarme con nadie más, incluso que podría ser dañino. Pero no pensamos igual, y tú sí continuaste viendo a más personas. No te culpo ni te lo reprocho, y en cierto modo hasta lo celebro. Lo que encuentro de malo en ello es que rompiste de nuevo la regla que tú misma aceptaste tener: no iniciar una relación si no has concluido la anterior. Si se hubiesen tratado de casos esporádicos o eventuales no habría significado problema con esa regla. Pero no fue así.

Parecía que te enamorabas rápido, y también sin pensarlo. El problema era que así de rápido terminaban esos amoríos, y que con todo final requerías desahogarte. Ahí es donde yo volvía a escena, a secar tus lágrimas y recordarte que el problema no eras tú. Lamento haber mentido, era necesario como cuando me mentías respecto a que yo era lo mejor en tu vida.

Creo que soy masoquista. Es la única razón que encuentro para continuar esperando a que llegues a esta cita que sé ya está cancelada y sustituida por alguien más. Sé que soy tu placebo de las relaciones, que soy al que vas a llamar cuando no haya nadie al lado tuyo, que no hay esperanza de avanzar más en esta relación... no obstante, heme aquí, preocupado por ti, queriendo saber qué ha sucedido en tu vida sin dejar de estar a tu lado y esperando poder cuidar de ti.

A final de cuentas, yo soy tu placebo, pero a mí manera, tú también eres mi placebo.

1 comentario:

oyuki dijo...

Ya había leído este relato pero hoy al releerla me recordó la historia de un amigo al que le pasó algo similar y ahora cada quien hace su vida o al menos eso creo.