26 jul. 2010

Posibles Aliados

Caminar por las calles al atardecer antes era algo entretenido, inclusive relajante. Sin embargo, en los últimos meses se había gestado una transformación sin precedentes en toda la ciudad, y ahora la paz se había esfumado por completo. Todas las calles se habían convertido en potenciales zonas de guerra o en actuales cementerios. Y Jesús lo sabía muy bien.
Siempre había sido el más precavido del grupo, llegando incluso a ser considerado un miedoso. Pero esas precauciones que tomaba ya habían rendido sus frutos en anteriores ocasiones salvando la vida de más de una persona, incluidos sus amigos y compañeros. Además, era de las personas que, si bien escuchaba lo que le dijeran los demás, solía hacer sólo lo que él consideraba oportuno. Esta no sería una ocasión diferente, los riesgos eran demasiados para cambiar su modus operandi.
Continuó su camino, evitando pisar los pequeños pero notorios charcos de sangre que decoraba el frío asfalto de la avenida. No sólo le recordaban su renuencia a esa guerra que había invadido la ciudad, sino que le resultaba asqueroso el mancharse de sangre ajena. Ya antes el Hombre Santo le había comentado acerca de esa obsesión y de algunas otras, pero ambos sabían que no podrían cambiarlas, eran parte de su manera de ser.
Conforme avanzaba, descubría más y más manchas oscuras, símbolos inequívocos del enfrentamiento del día anterior. Ese enfrentamiento nunca debió suceder, nunca debieron confiar en que aquellos novatos serían capaces de hacer un trabajo tan sencillo para la diplomacia. No se podía confiar en amateurs que se decían pandilleros, pero con clara incapacidad para evitar peleas innecesarias. Al menos habían pagado las consecuencias, si no era que seguían en ello.
Finalmente pudo llegar a la puerta de la guarida. Los Payasos, una pandilla nueva en la ciudad y que había optado por distinguirse del resto usando maquillaje y vestimentas propias del oficio de la comedia, significaban un aliado en potencia para el Hombre Santo. Pero antes de las negociaciones serias, debía tentarse el terreno. Por eso Jesús estaba ahí.
Antes de que pudiera llamar a la puerta, dos hombres con una risa deformada y compuesta por tintes blanquecinos y rojizos baratos salieron a su encuentro. Uno de ellos iba con las manos en su espalda, pero fue el otro quien se acercó a Jesús.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
- Vengo a hablar con Claudio. Tengo un mensaje para él.
- Puedes darnos el mensaje y nosotros se lo haremos llegar.
La formalidad del muchacho vestido de payaso desconcertó a Jesús y, por primera vez desde que había terminado su entrenamiento con Savlag, tartamudeo.
- Lo-lo siento, pe-pero debo hablar con él en persona. Es importante.
- Bien- el segundo payaso dio un paso adelante dejando al descubierto su mano derecha, y lo que vio Jesús en ella lo dejó sin aliento-. Entonces permítenos llevarte con él.
Con el cañón del arma apuntando a su pecho, Jesús no tuvo más opción que seguir las instrucciones de los payasos. Mientras caminaba, las preguntas asaltaron su mente. ¿Por qué tanta formalidad? ¿De dónde habían sacado una pistola si en teoría la ciudad había quedado limpia de ellas? ¿Significaba eso que tenían o podían conseguir más? ¿Era esa la razón de que el Hombre Santo los quería como aliados? Pero más importante aún, ¿todo eso era parte del plan o en verdad estaba en riesgo de morir?

Kaiser – Julio 2010

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