26 jul. 2010

Después De Un Café

Una cucharada de café. Una. Dos. Tres cucharadas de azúcar. Revolver con calma, dejando a las sustancias mezclarse poco a poco en el líquido caliente mientras que afuera caía la lluvia.
Con los ojos entrecerrados miró por la ventana el final de la calle mientras realizaba el ritual acostumbrado para su bebida. Un policía miraba aburrido su entorno mientras resguardaba la entrada de cristal de un edificio destinado a oficinas, a la par que varias personas corrían para resguardarse cuanto antes de la pequeña tormenta que se aproximaba. De haber sido él quien estuviese afuera, seguramente habría seguido con paso tranquilo, sin alarmarse por el cielo gris que se arremolinaba sobre la ciudad. Le gustaba la lluvia, pero más que eso, le gustaba la tranquilidad que sólo la soledad era capaz de brindarle, y que el agua precipitándose en las avenidas solía facilitarle.
Miró su taza, y con la misma serenidad con la que había mezclado su contenido, comenzó a beber de ella. El efecto de la cafeína era prácticamente nulo para su organismo, pero el sabor que dejaba en su paladar aquella oscura infusión era todo un placer.
Terminó de beber su café. Minutos antes había pagado la cuenta de su desayuno, así que se limitó a sacar un par de monedas al azar de su bolsillo como muestra de agradecimiento al servicio, dejándolos al lado de la azucarera. Se levantó de su asiento y caminó rápido pero en silencio hacia la puerta, a la vez que miraba la hora en su reloj. Metió su mano en el bolsillo interior de su saco, tanteó su herramienta de trabajo, únicamente para asegurarse de que seguía ahí.
Ya en la calle, miró a ambos lados. Las personas habían dejado libre la avenida, y sólo un coche circulaba en ese momento, evitando con trabajos el pasar sobre los amplios charcos que ya se habían formado con la llovizna. Desde el lado este de la calle se escuchaba aproximarse un autobús.
- Justo como ella predijo- susurró para sí mismo el hombre de traje al tiempo que cruzaba la avenida rápidamente pero con calma.
El guardia del edificio de enfrente puso su mirada sobre el hombre de negro, aunque sin darle mayor importancia que al resto de transeúntes. Al menos no lo hizo hasta que se acercó decididamente a él, con una mano oculta entre sus ropas y con lo que parecía una flama en el centro de sus pupilas.
Repentinamente, del autobús salieron tres jóvenes con cadenas en sus brazos, una navaja cada uno, todos con vestimentas que delataban su pertenencia: Vanteps. La reacción de los transeúntes fue inmediata al verlos. El pánico los hizo correr, nadie quería ponerse en su camino ni tener que ver con ellos. Era la mejor manera de seguir vivo en la ciudad.
El policía intentó sacar por instinto su arma, pero al momento de que su mano llegó a su cintura, lugar donde descansaba en su funda la pistola, recordó los meses anteriores en la estación de policía, el desarmamiento al que la ciudad entera había sido sometida tras la pequeña guerra de pandillas. Recordó que su arma ya no disparaba plomo, ahora se limitaba a rociar un líquido irritante en sus atacantes. Sin embargo, eso no evitó que se escucharan tres disparos, seguidos, precisos.
El desconcierto duró sólo un par de segundos, pero el policía sentía que el mundo giraba a una velocidad inusualmente lenta. Vio cómo los tres Vanteps caían en la banqueta con un impacto de bala en el pecho cada uno. La gente seguía corriendo, huyendo de ahí. La calle había quedado desierta excepto por él, los tres pandilleros… y el hombre de traje.
El oficial comenzó a tartamudear un instante antes de que aquel hombre de negro estuviera frente a él, a escasos centímetros de su rostro y con la pistola aún en su mano.
- Sé que lo verás pronto, así que pon mucha atención a lo que te diré, porque es un mensaje para Reynaldo. Dile por favor que yo no soy su objetivo, que el responsable del incidente del sur es otro, y que si así quiere, podemos ir juntos tras él. Díselo cuanto antes, porque el caos está comenzando y las pandillas ya están terminando de reorganizarse en toda la ciudad. el caos empezará de nuevo y esta vez será peor.
- P…pe-pe…¿pero quién eres?- un hilillo de voz escapó de la garganta del policía.
- Creí que todos en la ciudad sabían quien soy, o que al menos los policías me reconocerían. Entonces aún tengo esa ventaja.- una mueca risueña se formó en el lado derecho de su boca-. Dile que ese mensaje se lo envía el Hombre Santo.
El hombre de negro se alejó unos pasos del uniformado que aún estaba pasmado por la sorpresa, y echó a correr por la avenida. El policía miró los cuerpos que se encontraban en la acera y comenzó a revisarlos para asegurarse de sus signos vitales y de que no tenían armas. Esto último lo hacía por mero orgullo, pues aún no asimilaba que alguien más que la autoridad tuviera un arma en la ciudad a esas fechas.
No encontró nada de armas de fuego. Lo único que encontró en los bolsillos de uno de los Vanteps fue una pequeña caja con cables y una nota con la dirección del edificio. Tras algunas averiguaciones en el departamento de policía, el custodio se enteraría que esos tres jóvenes planeaban atracar y posteriormente destruir el edificio que resguardaba, pues la pequeña caja que llevaban era un potente pero compacto explosivo.
En la noticias no se habló de ello, pero ya era un secreto a voces. Todos en la ciudad sabían era que la tregua de las pandillas había llegado a su fin, que había regresado el caos a la ciudad, y con ello, el terror y una posible nueva guerra en las calles. Lo que no sabían aún era que esta vez el causante no era el Hombre Santo…
Kaiser - 2010

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