5 dic. 2017

Tras Persianas (Parte 1)

No recuerdo la última vez que sucedió. Tantas horas de oficina hacen que uno pierda la noción del tiempo. Te olvidas de los días, sólo te queda la rutina: despertar, alistarte, salir, trabajar, aguantar, regresar, relajarte (a veces), dormir. A veces sólo es aguantar. Pero como decía, no recuerdo la última vez que estuve aquí, inerte frente a la ventana de mi habitación, bajo el cobijo de la oscuridad, conteniendo la respiración.

Ahí está, frente a mí. Son menos de veinte metros los que nos separan. Veinte extensos metros, además de un vitral para cada quien. Una sensación de deja vú me invade, pero mi mente no logra conectar los recuerdos que implica. Todos mis sentidos están alerta ante el panorama que ese pequeño espacio entre la pared y las persianas de mi habitación permiten. La luz a penas pasa por ahí, como una delgada línea, y es eso lo que me sirve de escondite.

Ella va entrando a su hogar. La reconozco porque en varias ocasiones he alcanzado a verla cuando salgo corriendo hacia el trabajo. Su tono solemne y jovial a la vez hacen que uno voltee a verla forzosamente. Su presencia impacta, y es algo que no cualquier persona logra, no para mí. Eso si, nunca he cruzado palabra con ella, más allá de un saludo cordial y simple. Nunca he tenido tiempo de verla más que unos segundos. Nunca, hasta ahora.

La vi desde que abrió la puerta. Primero fue curiosidad, pero aún mirando tras persianas, sin moverme, como si ella alcanzara a notar mi presencia. Es absurdo, seguro que ni siquiera sabe que estoy aquí, con todas las luces apagadas, sin ruido o movimientos. Y esa curiosidad inicial, ahora comienza a transformarse en algo más, de mayor intensidad, alimentándose de mi adrenalina creciente. Es morbo.

La veo a través de mi ventana y a través de la suya. Su silueta se dirige de un lado a otro, atendiendo a su mascota, recorriendo el apartamento con calma, dejando todo listo para el día de mañana... al menos es la impresión que me deja. Entonces noto que a cada tantos pasos recorridos, parece despojarse de alguna prenda. Primero fue su abrigo, seguido por la mascada que adornaba su cuello. Antes de pasar por segunda ocasión a la cocina, ya tampoco llevaba puesto el saco ni los aretes, y sus zapatillas ahora resguardaban una de las puertas. En realidad, no sé dónde estén, no logro ver por completo y temo moverme de mi posición.

Es gracioso, rozando en lo patético. ¿No me muevo por temor a ser visto? ¿Por qué habría de mirar hacia donde estoy? Aún después de estas y otras cuestiones, sigo sin mover un músculo siquiera. Mi respiración se ha relajado mucho, a pesar de que mis palpitaciones parecen incrementarse. Y es que finalmente ha llegado a su habitación.

Lo primero que hace es encender las luces. Con ello puedo ver más que su silueta, y una conocida sensación recorre mi espina dorsal y brazos, culminando en otra zona que poco a poco comienza a crecer... Ahora me doy cuenta de que debí prestar mayor atención a mi vecina por las mañanas. Me sorprende la rapidez con que la excitación desarrolla sus efectos, aún con la mayor parte de sus prendas puestas.

Creí que sería rápido, pero no. Su preparación para dormir parece todo un ritual: mueve algunas cosas de lugar, guarda otras tantas, deja a la mano unas más. Su blusa color naranja se ciñe a su figura en cada movimiento, y aunque la distancia me impide ver ciertos detalles, la luz y sus efectos propician a que imagine ciertos pliegues, incluso algunos colores más... Estoy divagando, me dejé llevar por un instante, y eso no es del todo bueno. Podría delatarme.

De repente, se detiene. Suspira con cierta fuerza y fija su mirada en las cortinas de su propia habitación. Y entonces, voltea hacia donde yo estoy. Aún oculto en la oscuridad, parece poder verme. Pero no dice nada, sólo se queda quieta, así como yo estoy desde hace unos minutos. Tensión.

Ahora comienza a desabotonar su blusa...

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