15 sep. 2014

Paradeux

Me rehúso a creer en ese Dios que me describes, al cual amas y por quien darías tu vida.

No aceptaré esa paradoja de la que me hablas, no creo en un destino fijo, y por ello me es imposible concebir un Dios que nos da libre albedrío y al mismo tiempo ya tiene un plan para todo y todos. ¡Es una paradoja! Si tiene un plan para todo, nos posiciona como sus instrumentos, definición que, además, muchos aceptan gustosos. Esto me resulta indignante, pues dejamos a un lado el rol de sus hijos, convirtiéndonos en una especie de juguetes, haciendo lo que nos dicta hacer. Como paréntesis, tal premisa echa abajo toda definición de bueno y malo, pues al estar acatando las instrucciones de ese ser superior, nos remitimos a que toda acción sucede por una voluntad única, la cual crea sus propios rivales y enemigos.

Entonces, no importa lo que hagamos en esta vida, ni siquiera las acciones consideradas como pecados, pues es la traducción de la voluntad de Dios y no de la nuestra, porque ya estamos destinados a ciertos triunfos y derrotas. En términos prácticos, si hago algo de mi vida o no, no hay problema, pues no se trata de mi decisión, sino del plan que Dios tiene para mí, y será ese el que se cumpla, no los míos. Siendo así, ¿para qué esforzarse?

De esa voluntad divina se deriva otro tema muy conveniente para sus adeptos, que es el de dejar todo en las manos de Dios, deslindándose de las responsabilidades de sus actos. No puedo recordar cuántas personas he escuchado decir con seriedad y convicción la frase que tanto enojo y risa me ocasiona: “Así lo quiso Dios”. Y también es usada proyectada hacia el futuro, con el “Será lo que Dios quiera”. No hay mejor pretexto para evitar las consecuencias de las acciones propias que responsabilizar a un ser superior por ello. ¿Quién de los creyentes le va a reclamar al que representa la máxima sabiduría, traducida en un plan infalible y definitivo para todo ser viviente? ¿Cómo asegurar que se ha equivocado en lo que te sucede, si se supone que sus planes son los mejores?

Y siguiendo esa lógica, tal vez el plan que tu Dios tiene conmigo sea el de cuestionar su obra. Si todo lo que acontece en este mundo está apegado a una línea predeterminada por esa deidad, entonces ¿realmente soy un blasfemo al cuestionarlo? Sería la voluntad de Dios la que se estaría ejerciendo, yo sólo sería su instrumento. Es más, la afiliación a su doctrina ni siquiera sería por nuestra voluntad, pues ya hay un plan para ello, ya están destinados a ser santos los que deben serlo, no tienen más que esperar el momento indicado. Incluso los “enemigos” de Dios no tienen culpa real en contrariar a su “padre”, ya que se supone que todos somos “hijos de Dios” y sólo están siguiendo la voluntad de él, quien tiene un plan para todo. El traidor por excelencia, Judas Iscariote, tendría justificada su acción, pues ya todos los acontecimientos que culminarían en la crucifixión de Jesús, hijo único de Dios, estaban predeterminados, por lo que no tendría culpa alguna que atribuírsele. Y como este ejemplo, muchos más en las historias de héroes y villanos que sustentan a varias religiones, no sólo la de ese Dios hacedor de planes.

¿Ves por qué reniego de un Dios así? Porque se convierte en una excusa para todo, lo bueno y lo malo. Demerita y menosprecia todas las acciones humanas, convirtiéndolas en una voluntad ajena y que, por ende, se justifican sin importar las consecuencias. No importa si traicionas o dañas a otros, no importa si eliges mal en la vida, porque al final podrás decir “Así lo quiso Dios” y justificar el resultado de esas decisiones bajo tal premisa.

Ahora bien, estas blasfemias que he mencionado no quieren decir que no crea en una entidad divina. Aún creo, pero no en que hay alguien dictando cada uno de mis pasos y acciones, que ha definido mi destino incluso antes de ser concebido. Me rehúso a creerlo por mera sanidad mental, porque si creyera que así es, perdería sentido mi vida; si estoy destinado al éxito, no tendría por qué preocuparme, y si estoy destinado al fracaso, no tendría por qué esforzarme. Por ello considero sumamente peligroso el creer en esa paradoja de que el destino o que un ente supremo ya ha predispuesto todo para nosotros siendo que, supuestamente, tenemos libre albedrío.

Claro que también considero la posibilidad de estar equivocado en estas palabras, pero siendo así, no habría de qué preocuparse en realidad, pues todo es parte del plan de Dios.

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