31 dic. 2013

Cincuenta

Recuerdo que desde niño me preguntaban cómo imaginaba mi futuro. Nunca pude darles una respuesta certera o satisfactoria, difícilmente me podía imaginar al final del día, así que proyectar mi vida a un plazo tan amplio como la incertidumbre era una tarea casi imposible para mi aún inocente mente. Incluso cuando dejó de ser tan inocente seguía teniendo complicaciones para imaginar qué haría de mis días y a qué me dedicaría.

Recuerdo que algunas personas veían esa carencia de visión como un problema, no sólo de creatividad, sino de ambición e incluso de motivación. Comentaban con cierta malicia que con esa actitud no haría nada de mi vida y estaba condenado al fracaso. No puedo decir que erraron del todo, pues muchos fracasos me han acompañado en el trayecto de mi existir, pero sí puedo decir lo que desde entonces pensaba: que se jodan, ya sabré yo qué hacer cuando llegue el momento.

Recuerdo que en la escuela, cuando nos encomendaban hacer un proyecto de vida, el mío siempre estaba basando en alguna historia o película que recientemente conociera. Me gustaba imaginarme en esas historias, al principio como el protagonista, el héroe que salvaba a todos, una especie de Superman. Claro que después de un tiempo, mis adaptaciones personales me colocaban como un personaje menos idealizado, más humano incluso, una especie de espectador dentro de la misma historia que, si bien no termina siendo el protagonista, forma parte de un conjunto. Dejó de interesarme ser el protagonista y comencé a querer hacer mis propias historias.

Recuerdo cuando aún en mi infancia decidí ser bombero, policía, médico, escritor, profesor, millonario, viajero del tiempo... eran tantas las cosas que quería ser y hacer que parecía imposible poder consolidar un plan de vida, un objetivo certero acerca de lo que quería ser de grande y a qué dedicarle el resto de mis días. Eran objetivos tan vagos como precisos, pues si bien cambiaba de opinión casi cada semana, también estaba seguro de que cada “profesión” que elegía tenía detrás una finalidad mayor y en común.

Recuerdo cuando pude trabajar para mi comunidad. Fue en esos tiempos cuando aprendía que la expresión “mi comunidad” puede tener una gama demasiado amplia de significados, incluso para una sola persona. Fue una lección dura, pero que no haberla aprendido, seguro habría sido mi perdición en un mundo donde cada quien procura el bienestar de quienes considera “los suyos”, ya sean familia, amistades, conocidos, cómplices, colaboradores o demás.

Recuerdo cómo mis amistades se fueron alejando de los núcleos que habíamos consolidado al conocernos, cuando “cada quien tomó su camino”, como dicen por ahí. No les guardo reproche o rencor alguno por irse alejando, pues sé que tenían y tienen una vida propia, y que al final, nuestros pequeños grupos debían desmoronarse para que cada quien pudiera terminar de armarse como individuos.

Recuerdo cómo vi a mi familia desmoronarse, a veces por disputas, otras por pérdidas. No fue un espectáculo agradable, en especial conmigo, ya que siempre le di gran importancia a mis consanguíneos, pero un tiempo después comprendí que las cosas no podían ser de otra manera, y que era inevitable mantener siempre esa unión de la que presumíamos. Éramos tan similares que no podíamos estar juntos tanto tiempo.

Recuerdo cuando renuncié a mi trabajo a pesar de mis logros, la nostalgia que sentí de dejar atrás una etapa con tantos conocidos, unos agradables y otros no tanto, así como el alivio de abandonar mi rutina de tantos años. Me sentía invencible en aquella época, sentía que podía hacer un proyecto de vida con éxito a corto plazo, e incluso me imaginaba restregando en la cara de aquellos que me criticaron cuando niño creyendo que no tenía futuro. ¡Claro que tenía futuro! No tenía claro cuál era, pero lo tenía.

Recuerdo los reencuentros, aquellas amistades que por distintos motivos dejé de ver por años, y que por azares del destino pudimos volver a vernos. Eran sensaciones fascinantes, de esas que mezclan el divertido pasado con el expectante futuro, la incertidumbre de la vigencia de amistades y gustos en común, las posibilidades eran tantas... No en todos los casos fueron reencuentros exitosos, pero siempre me parecieron agradables. Era como voltear hacia atrás y darte cuenta que las huellas de aquellas amistades alcanzaban a las tuyas o viceversa, y por unos momentos caminaban juntos de nuevo.

Recuerdo a las personas que me han llamado sabio, conocedor, inteligente y otros cuantos adjetivos que no sé si merezca. Lo recuerdo no sólo porque alimentaran mi ego con sus palabras, sino porque al escucharlos siempre sonreía, me hacía gracia que me consideraran así cuando hay personas con mayores cualidades y con menor reconocimiento, incluso en sus propios hogares. Me reía por verdadera gracia, porque me parecía cómica la percepción que tenían y cómo se cegaban ante otras cosas. Aún hoy me río cuando me dicen cosas así, sobre todo si se basan en mi edad para decirlo.

Recuerdo todo eso a mis cincuenta años, y como en cada aniversario de mi nacimiento me pregunto si quisiera cambiar algo de lo que me ha sucedido. De igual manera, como cada año, salen diversos acontecimientos que quisiera cambiar, unos por acción y otros por omisión. Pero luego analizo con más cuidado y me doy cuenta de que cada tropiezo, cada momento “malo” de mi vida, implicó algo bueno. No siempre sucedió de manera directa, pero los acontecimientos se desarrollaron en una suerte de ramificación que me daba momentos y ocasiones memorables, de esos por los que decía “Hoy es uno de esos días en que podría morir tranquilo”...

Creo que mi vida ha sido satisfactoria. Claro, es mi vida, ¿qué puedo decir de ella si he sido yo quien ha tomado la mayorías de las decisiones al vivirla? Sería bastante decepcionante decir que no estoy satisfecho con lo logrado, además de deprimente. Para fortuna mía, siempre tuve suerte, o al menos así llamo yo al contexto idóneo para realizar ciertos logros. Mucha gente dice que la suerte no existe, pero creo que se equivocan, que sí hay ciertos elementos que pueden favorecer o entorpecer el éxito de alguien, y no siempre está en nuestras manos su incidencia. Por supuesto que hay también quienes exageran del concepto y prefieren deslindarse de las repercusiones de su actuar. Siento pena por esas personas, siguen siendo niños en ese sentido.

Son muchas cosas las que pasan por mi mente en días como este. No sé si sea el único nacido en 31 de diciembre que piense así, no me he encontrado con ninguno a pesar de mi edad, pero creo que yo termino dos ciclos: el propio, un año más de vida, y el común, el fin de año que todos celebramos. Pienso con detenimiento en ello, pues muchas personas esperamos esos finales de ciclos para hacer algún cambio en nuestras rutinas o vidas. Es válido, creo yo. Somos seres de costumbres, desde niños estamos acostumbrados a recibir órdenes, preferimos delegar responsabilidades. Para algunos suena patético, pero para otros es necesario.

Llevo medio siglo en este mundo y aún tengo nostalgia en mi cumpleaños como cuando cumplí seis. Tal vez el mirar por la ventana y notar cómo todo ha cambiado en estos años, la velocidad que llevamos en nuestras decisiones y acciones, las consecuencias de cada acto, tal vez sea eso lo que me sigue impidiendo visualizarme con certeza al final de la semana. Son tantos los cambios, tantas las implicaciones y tantas las posibilidades existentes, que no me atrevo a decir siquiera que seré capaz de ver un nuevo amanecer.

Cincuenta años tengo ya... no puedo creer que a mi edad siga pensando en las mismas tonterías que pensaba cuando a penas tenía un cuarto de siglo viviendo en este mundo...

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