22 sep. 2013

Laberinto

Se conocieron en un laberinto. Ninguno de ellos quiso entrar. Las circunstancias para ambos fueron distintas, aunque el final fue el mismo.

Siendo sinceros, ella no entró por si misma, sino que la condujeron, al igual que a muchas como ella, en ese sendero que terminaría por confundirla. Creía estar saliendo de un camino, no se dio cuenta de que estaba entrando a varios. Cuando lo pensaba con detenimiento, culpaba a la desesperación y a los pesares de los años anteriores, así como quienes los ocasionaron. Claro, era una mentira que decidió decirse e intentar creer para evitar enfrentar los errores de su vida, que era sólo uno repetido en varias ocasiones.

En el caso de él, no es que quisiera o no entrar, sólo no se enteró del momento en que dio el primer paso en esos senderos de perdición. Su mente estaba revolviendo el pasado, intentando construir un futuro con aquella mezcla de recuerdos. Sabía que podría pasarse el resto de sus días con aquella práctica, pero nunca lograría su cometido. Sin embargo, así era como mantenía ocupados sus pensamientos, los cuales habían comenzado a barajear posibilidades no muy agradables. Nada agradables, en realidad.

Cuando pusieron por primera vez un pie en aquella maraña de caminos, creían que escapaban de sus problemas. Tarde descubrieron que estaban adquiriendo nuevos y en mayores cantidades, aunque no todos tan complicados como los anteriores.

Al caminar, ella daba vuelta en la primer oportunidad, creyendo que así tendría un camino seguro. Debió considerar que, luego de un par de vueltas, regresaba casi al mismo sitio en que había iniciado. Él tenía un método distinto, que no tenía nada de metódico, pues improvisaba, se dejaba guiar por esa brújula interna que nunca tuvo ni siquiera en sus fantasías infantiles de explorador. En ambos casos, aquello que los hacía caminar, perderse y adentrarse más en el laberinto, por curiosa ironía, era también lo que mantenía en movimiento sus vidas: la ilusión de algún día salir de ahí y caminar con libertad.

El día en que se encontraron no fue distinto a otros, y de haber alguien observando su caminar, habría asegurado que era cuestión de tiempo para que sus caminos chocaran. Ella seguía, sin saberlo, caminado por el mismo sendero, imaginando que era uno distinto cada vez, asegurándose que las paredes eran de un color distinto. Él, con su improvisación, repetía caminos también, pero terminaba por desviarse en los últimos tramos. Estaba recorriendo errático todos los pasajes posibles, considerando a todos como un solo. Y fue entonces que dieron vuelta, ella a la derecha y él a la izquierda, y con grata sorpresa descubrieron que no estaban solos.

Se miraron con curiosidad al principio, sin articular palabra. Los románticos dirán que fue amor a primera vista, pero estarían equivocados. Comenzaron a conocerse a prisa, ya que deseaban continuar con sus andares, pero también creían necesario saber un poco más del laberinto, tener otra perspectiva. Cada uno consideró al otro erróneo en su andar, así que continuaron cada quien por su cuenta.

Pero así como fue cuestión de tiempo el encontrarse la primer vez, era cuestión de tiempo que sus caminos se cruzaran una segunda ocasión, en especial porque ninguno modificó sus costumbres. Así pues, pasaron algunos días, que se convirtieron en semanas, y contrario a lo que supondría la mayoría, esas semanas se transformaron con rapidez en años. Fue entonces que sus miradas y sus caminos se encontraron, esta vez con el recuerdo respaldando sus andanzas. Por motivos que ni ellos podían explicar, tuvieron la sensación de debían estar juntos desde antes, pero que primero debían estar seguros de poder tomar su propio camino, perderse en aquel laberinto sin depender ni arrastrar consigo a nadie. Sólo estando solos comprendieron que querían, necesitaban, estar juntos.

Decidieron entonces caminar diferente a como lo hacían estando solos. Lo que uno había recorrido, el otro tal vez lo conociera algún día, pero no de la misma manera. Porque ahora estaban juntos, y ya no caminaban para salir de ese laberinto, sino para adentrarse más en sus pasajes y posibilidades.

Se conocieron en un laberinto. Desde entonces están perdidamente enamorados.

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