20 jun. 2010

En La Tormenta

Un relámpago iluminó los rostros de los tres y un brillo especial aparecía en las manos de Álvaro. Le apuntaba a Fabián con el arma directamente a la cabeza. Pero Fabián sabía que, a pesar de lo mucho que deseaba jalar el gatillo, ninguna bala le tocaría ese día. Era obvio. La mujer que mantenía sujeta por el cuello con su poderosa mano izquierda le servía de escudo. Un verdadero cliché.
- Déjala ir- dentro de su nerviosismo, Álvaro aún pudo articular las palabras. Sentía su cuerpo temblar, pero hizo hasta lo imposible por mantener sus brazos firmes mientras sostenía el arma.
- Lo siento muchachito, pero debo llevármela. Así que mejor deja esa pistola y vete de aquí. Olvida lo que has visto y sigue con tu vida. Es lo mejor que puedes hacer.
- No. No olvidaré nada. Voy a hacerlos caer, ¿me oyes? ¡No los dejaré seguir con esto!
Fabián sonrió. Era obvio que aquel muchacho estaba decidido a cumplir su objetivo, y cualquier mínimo error podía significarle fallar en su misión, inclusive morir.
- Bien, entonces dime algo muchacho. ¿Has visto quienes somos? ¿Sabes contra quién te enfrentas?
La mujer sollozó. A su mente acudieron imágenes de los días recientes y de todo lo que había descubierto junto con Álvaro. Él, mientras tanto, titubeó antes de responder. Su cabeza se convirtió en un remolino de ira y confusión.
- ¡Sí, lo sé! ¡Al Hombre Santo y sus Verdugos! ¡Y tú eres uno de ellos!- mezclado con la ira, un escalofrío hizo que Álvaro alzara la voz- ¡Pero no me importa! Sé que los puedo detener. Sé que no soy el único que los enfrentará. ¡La ciudad misma los repudia!
El llanto de la mujer se sobrepuso al sonido de la tormenta. Los tres estaban ya empapados, y aquella habitación no les serviría de resguardo por mucho tiempo. Debían salir de ahí cuanto antes, o los deslaves de las colinas comenzarían a amenazar los cimientos tambaleantes de la choza. Pero todo parecía congelado en el tiempo.
- Él tenía mucha razón acerca de ti, muchacho. No se equivocó cuando te eligió.
Las palabras del hombre rubio incrementaron las dudas en Álvaro. En su mirada, el desconcierto se dejó notar.
- ¿Quién?
- Él. El Hombre Santo- una mueca que intentaba ser una sonrisa se dibujó en el rostro de Fabián-. Desde que te conoció sabía que serías útil. Nunca dudó de ti y de tus capacidades. ¿O en verdad crees que estos últimos tres días fueron mera coincidencia?
- Mientes...
- Me mandó para cerciorarme de que encontrarías las respuestas a tus dudas. Fui yo quien dejó esos mensajes en el hotel. ¿Recuerdas a los tres tipos que los seguían anoche? También fui yo quien los quitó del camino. Todo se hizo para que tú descubrieras el trasfondo de todo esto, para que te dieras cuenta de lo importante que eres en los planes.
- ¡No le creas Álvaro! ¡Está mintiendo! ¡Lo hace para confundirte como lo hizo con Alfonso! ¡Recuérdalo por favor!
Álvaro ya no miraba a Fabián. Miraba el arma, confundido por las palabras del Verdugo rubio, por los acontecimientos recientes, y que comenzaban a cobrar significado. “Por eso fue tan sencillo. Lo que nadie logró desde hace años nosotros lo descubrimos en tres días...”
- Si es cierto lo que dices- comenzó a bajar el arma-, ¿para qué me eligió? ¿qué carajos tengo yo que ver en sus planes?
- Mucho más de lo que te imaginas Álvaro. Tu destino está trazado, así como el del Hombre Santo, el mío y el del resto de los Verdugos. Estás destinado a ser parte de la nueva era, del renacimiento de la ciudad- aquella mueca que parecía sonrisa comenzaba a distorsionarse para convertirse en una desquiciada carcajada-. Somos los únicos que podemos cambiar esto, y lo lograremos muy pronto. Él lleva trabajando en esto desde...
-Desde hace 7 años, lo sé.
La mujer seguía llorando, ahora estaba más atenta a la conversación. Ya había intentado zafarse de su captor, pero seguía siendo inútil su esfuerzo ante la fuerza del Verdugo. Y ahora Álvaro había dudado, ya no deseaba dispararle. Ya no tenían la ventaja, el enemigo los tenía en jaque.
- Bien- luego de unos segundos de silencio y meditación, Álvaro habló de nuevo-, déjala ir. Llévame con el Hombre Santo.
- Jajajajajajajaja. Lamentablemente, no es tan sencillo muchacho. Ella no está en los planes, ya sabe demasiado de nosotros y definitivamente no olvidará nada mientras viva.
Un nuevo brillo surgió en los ojos del muchacho. No podía permitir que Fabián hiciera lo que insinuaba, no después de saber la historia de esa mujer. Debía salvarla de algún modo.
- Si en verdad me necesitan, déjala ir.
- No subestimes tu importancia muchacho. No eres nadie para darme órdenes, y dudo que quieras arriesgarte con tu pistolita a un "tiro al blanco" con ella de por medio- para acentuar sus palabras, Fabián sacudió a la mujer un poco.
Álvaro seguía furioso, pero totalmente impotente. La luz de otro relámpago entró por el par de ventanas de la habitación, y con ella, una idea en su mente. Subió de nuevo sus brazos empuñando con más fuerza el arma, pero en vez de apuntar a Fabián, dirigió el cañón de la pistola hacia su propio rostro. Ahora era el Verdugo quien estaba confundido.
- Si la matas, no veo razón para seguir con vida.
- No lo hagas Álvaro- la mujer habló con un susurro a penas audible-. Aún puedes detener esto.
- No preciosa, no puede detenernos- Fabián le habló al oído de la mujer y luego miró fijamente a Álvaro-. Y lo sabe muy bien. No es tonto.
- Si en verdad me requieren, déjala ir- temblando, sostuvo con mayor fuerza la pistola y la colocó apuntando a su sien derecha-. De lo contrario...
Fabián titubeó unos segundos. Finalmente, liberó a la mujer y con un movimiento suave la encaminó hacia la salida.
- Vete. No me importa lo que intentes hacer, igual no lograrás nada.
La mujer miró a Álvaro, quien le devolvió la mirada asintiendo. Fue suficiente señal para que ella echara a correr.
- Bien Fabián, ya sólo somos nosotros dos...
Fuera de la pequeña choza, la tormenta parecía esperarle. Las pesadas gotas caían sobre su cabeza, golpeaban su rostro, la hacían moverse más lento de lo normal. Sólo pasó un minuto, tal vez dos. En medio de su desesperada carrera y cerca de llegar a la entrada del pequeño bosque, escuchó el sonido inconfundible de un único disparo.
Pero no se detuvo. Ni siquiera miró atrás. Sin importar el desenlace de la confrontación, no podía darse el lujo de detenerse. Si Álvaro había disparado a Fabián, como esperaba que hubiese sido, en unos minutos más le alcanzaría y huirían de regreso a la ciudad. Pero algo en su interior le decía que no sería así. Además, mientras Fabián la tenía sujetada por el cuello, había podido notar que él también llevaba un arma, aunque no la había usado, ni siquiera mostrado.
Comenzó entonces a resignarse, a pensar que Álvaro estaba muerto. Lo más lógico, lo más probable, lo más seguro. Las últimas lágrimas que brotaron de sus ojos esa noche se confundieron con la lluvia. Un sentimiento de culpa le invadió de repente. Había pedido la ayuda de Álvaro, y si bien ambos habían conseguido sus propios objetivos, sólo ella podría contarlo y ver de nuevo la ciudad. Era la segunda vez que le sucedía, y una sensación familiar le hizo llorar con más fuerza.
Pero no se detendría. Tenía que continuar si en verdad deseaba su venganza, porque ahora había mucho más en juego.
Fabián miró la lluvia hasta que terminó con el amanecer. Todo iba tal cual estaba previsto, pero aún tenía dudas acerca de la efectividad de aquella misión. Estaba muy lejos de la ciudad, pronto comenzaría la verdadera diversión y él tal vez no llegaría a tiempo para ello.
- No importa- habló en voz alta aunque nadie lo escuchaba-. Aún puedo ver cómo termina todo.
Salió de la pequeña cabaña mientras ocultaba la pistola entre sus ropas, y se dirigió con tranquilidad al pueblo. Tenía hambre. Su estómago se lo recordó con un gruñido sonoro, al cual siguió el estruendo de un deslave.
Bastaron unos veinte segundos para que el lodo y algunas rocas destruyeran el trabajo de un par de días. La choza quedó totalmente sepultada. Nadie hubiese imaginado que debajo de ese montón de tierra húmeda descansaba el cadáver de alguien.

Kaiser - 2010

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