11 jul. 2013

El Pozo

El siguiente relato es una versión personalizada de un cuento que leí cuando niño. Ignoro quién es el autor, y aunque he encontrado algunas versiones en internet, quise hacerle un homenaje reescribiéndola.
Agradecimiento especial merece la señorita Cinthia Valenzuela, ya que ella fue quien propició los recuerdos de este su servidor y las ganas de relatar "a mi manera" esta historia que tanto me fascinó hace unos años. Espero disfruten el relato.


Hace tiempo, en un pueblo lejano, vivía una familia. En realidad, vivían varias, pero esta historia se enfoca en una que, curiosamente, tenía como integrantes a una mujer y un hombre, madre y padre respectivamente, y a tres infantes de 12, 10 y 8 años, siendo la más pequeña una niña. Eran el estereotipo de la "familia feliz"… hasta que el dinero comenzó a escasear.
Poco tiempo pasó para que la escasez se acercara a la total carencia, por lo que decidieron vender su casa y conseguir un lugar más modesto para habitar. La búsqueda de ese lugar fue corta, pues una pequeña casa al pie de una colina se hallaba desocupada desde hacía varios años. Como con toda casa abandonada, varios eran los rumores entre los vecinos respecto a las historias que yacían junto con los cimientos, pero la necesidad de la familia era mucha, así que decidieron fingir oídos sordos ante las historias de la casa y la adquirieron con parte de la ganancia que tenían por vender su anterior hogar.
Incluso los niños de aquella familia escucharon las historias acerca de anteriores habitantes, pero les parecieron muy fantasiosas, especialmente después de vivir en ella un par de semanas. Nada de ruidos raros, de movimientos por la noche, de paredes sangrantes, de sombras sospechosas, fantasmas o demás elementos básicos en las historias contadas por sus vecinos. Era una casa común, nada más.
Lo único que la diferenciaba del resto en aquel pueblo era que contaba con un pozo en lo que, para algunos, era el patio trasero, y para otros, una sección bastante amplia de llanura que tenía como límite una pequeña cordillera formada por rocas apiladas, las cuales aseguraban que nadie pasaría sobre ella desde ninguno de los dos lados. Cuando la familia supo de este pozo, pensaron que podrían aprovecharlo, pero de inmediato los vecinos les hicieron notar que ya estaba seco desde varios años atrás, y por ello se mantenía cubierto con algunas tablas. La familia decidió dejarlas ahí y avocarse al interior de su nueva y modesta propiedad.
Sin embargo, el dinero que habían podido obtener de la venta de su anterior hogar se agotaba más pronto de lo que habían esperado, así que la madre tuvo que comenzar a trabajar también por su cuenta. No paso mucho tiempo para que comenzaran a recortar algunos de los gastos, hasta el punto en que optaron porque los niños no fueran a la escuela por un tiempo, para así ahorrar algunas de las monedas que normalmente utilizaban. Debido a esta situación, los niños tenían más tiempo libre, así que pasaban el día jugando en su pequeña llanura particular, emulando algunas de las historias sobrenaturales que sus vecinos les contaban.
En una de esas tardes templadas de juego, la niña comenzó a deambular por el patio mientras sus hermanos jugaban a ser caballeros medievales en un duelo de espadas. Caminó mirando el pasto, como si buscara insectos para considerarlos sus nuevos compañeros de juego del día, y así fue que llegó hasta donde estaba el pozo. Su mirada pasó de las pequeñas hierbas que rodeaban los ladrillos hasta el borde grisáceo de aquel artilugio abandonado. Su búsqueda por pequeños animalillos continuó hasta que notó un sonido que emanaba del pozo, una especie de rasguños en la pared, a penas audibles. Miro las tablas que lo cubrían y notó que no estaban en su posición original, sino que se habían movido ligeramente, seguro por sus hermanos mientras jugaban, dejando libre un pequeño espacio de la boca del pozo. Temiendo que algún animalito se hubiese quedado ahí atrapado, corrió en busca de la ayuda de sus hermanos.
Cuando regresaron los tres, el ruido había cesado, pero las tablas seguían en la posición que la pequeña había visto. Preocupados por la posible desdicha de algún animalito de haber caído en el pozo tan sólo por buscar comida, se apresuraron a bajar la cubeta que aún colgaba de pozo. Esperaron unos instantes, hasta que sintieron que el animalito se había acercado al contenedor, y comenzaron a subirlo. La cuerda era gruesa y deteriorada, pero el dolor que los niños sentían en sus pequeñas manos era poco, especialmente comparado con el temor que cualquier ser vivo tendría de haber caído en ese profundo pozo. Cuando finalmente tuvieron la cubeta con ellos, notaron que estaba vacía, salvo por una pequeña nota en su interior, tal vez un mensaje olvidado cuando aún funcionaba el pozo. Lo leyeron en voz alta. Sólo dos palabras y un signo de interrogación, aunque con excelente caligrafía, adornaban el papel: tienen comida ?.
Por unos instantes, los tres quedaron atónitos, sin moverse ni decir palabra alguna. Cuando finalmente la sorpresa fue aceptada, el mayor de ellos se aventuró a asomarse al pozo y preguntar si había alguien abajo. No hubo respuesta alguna. No sabían qué hacer. Sus padres siempre les dijeron que no hablaran con extraños, pero también les habían enseñado a ayudar al prójimo siempre que pudieran. También recordaron que en muchas ocasiones les habían aconsejado no acercarse al pozo, pues era peligroso. Sopesaron la situación y sus opciones durante el resto de la tarde, y para la noche habían decidido ayudar a quien fuera que hubiese escrito esa nota y que posiblemente vivía dentro del pozo, pero sin decirles nada a sus padres hasta averiguar de quién se trataba. Acordaron que a la mañana siguiente los tres juntarían un poco de su ya de por si escueto desayuno, y que lo llevarían al pozo cuando sus padres se fueran a trabajar.
Así lo hicieron, y antes del mediodía ya estaban bajando nuevamente la cubeta con algunos frijoles en un plato. Hasta entonces se dieron cuenta de su enorme profundidad, pues fueron un par de minutos los que la cubeta tardó para llegar al fondo. Cuando sucedió, esperaron un poco, observando la cuerda, esperando que algún movimiento les indicara que su nuevo amigo había tomado los frijoles, pero no ocurrió ese día. Antes de caer la noche, dieron un último vistazo a la cuerda y se fueron a dormir. A la mañana siguiente acudieron al pozo para saber qué había pasado. El mayor de los hermanos jaló un poco la cuerda, y entonces notó que pesaba más que el día anterior. Se apresuraron a subir la cubeta, y cuando estuvo entre sus manos, vieron que de nuevo había una nota, pero esta vez no era lo único; también había una pequeña bolsa en su interior. Supusieron que quien estaba abajo era mudo e incluso sordo, ya que no había respondido a sus gritos, y por ello se comunicaba con ellos con esas notas, así que el mayor de los hermanos la abrió para leerla mientras los dos más pequeños empezaron a abrir la bolsa.
En la nota se leía, nuevamente con excelente caligrafía, "Nuestros expertos han analizado el alimento. Concluyeron que se trata de leguminosas de muy buena calidad, nutritivas y de buen sabor. Enviamos agradecimiento". Al tiempo que el mayor leía la nota, sus hermanos habían abierto la bolsa, la cual contenía tres piezas pequeñas de oro. Estaban atónitos y felices. Quien quiera que estuviese abajo, pagaba muy bien por la comida, por sencilla que fuera. Durante el resto del día platicaron respecto a esta situación y concluyeron que seguirían ayudando a la gente del pozo, pero sin decir nada a sus padres, al menos por el momento, pues no querían estropear su posible nuevo negocio.
En la mañana del siguiente día, llevaron algunos trozos de pan al pozo, y bajaron la cubeta con cuidado pero a prisa. La respuesta fue más rápida en esa ocasión: la cubeta sufrió un movimiento corto pero brusco unos segundos después de haber tocado el fondo del pozo. Los hermanos esperaron, pero nada sucedió, por lo que decidieron regresar hasta la mañana siguiente. Efectivamente, en cuanto el solo iluminó el patio de la casa, la cubeta ya contenía una nueva nota con su respectivo agradecimiento, esta vez mayor, y que los hermanos recibieron gustosos, no sólo porque ya tenían "dinero", sino porque estaban ayudando a alguien más. La nota decía "Nuestros expertos han analizado el alimento. Pan. Muy nutritivo y de muy buen sabor. Esperamos nuevas muestras. Enviamos agradecimiento".
En los días siguientes, cuando comían, procuraban guardar algo de sus alimentos para poder llevarlos al pozo a la mañana siguiente. No era mucho, pero procuraban dar un poco de variedad a los alimentos que intercambiarían. El negocio resultó bastante provechoso, a pesar de un poco de hambre extra que pasaban a cambio del oro que recibían. Cada entrega de comida era respondida al día siguiente con una nota que contenía un breve análisis del alimento, su "calificación" y los correspondientes agradecimientos, tanto en elogios como en oro, y siempre en espera de algo diferente para probar.
Con el oro que obtenían de los intercambios, los niños tenían mayores posibilidades de ofrecer un alimento nuevo y mejor a sus amigos del pozo. Sin embargo, ya era tiempo de ayudar a sus padres, por lo que empezaron a “encontrar algo de oro en las calles cercanas y en el patio”. Tal vez debido a las presiones económicas que tenían, los padres de los niños no cuestionaron su fortuna.
Pero alguien había estado observado sus “golpes de suerte”. Uno de sus vecinos, el que había iniciado los rumores acerca de fantasmas en aquella casa, había notado por casualidad una de las ocasiones en que los tres hermanos sacaban la cubeta del pozo, y de ella una bolsita de apariencia pesada. Desde ese día comenzó a espiar con mayor detenimiento, y luego de ver que en pocos días la familia que ahí vivía comenzaba a parecer menos pobre, concluyó lo obvio: habían encontrado una especie de mina de oro en aquel pozo. Por supuesto, no podía dejar que aquellos niños que recién habían llegado a esa casa tuvieran la posibilidad de obtener oro en vez de él, quien llevaba décadas "cuidando" aquel lugar, así que planeó la manera de conseguir su bien merecida paga.
Tendría que esperar la noche, cuando menos probabilidad había de que lo vieran. También notó que los niños colocaban algo en la cubeta diariamente, y que no regresaban hasta el día siguiente. Eso podría averiguarlo cuando se escabullera en el pozo para obtener algo del tesoro que seguramente estaba en sus profundidades. Sólo tenía que esperar y estar atento para no tener sorpresas…
La noche siguiente, observó cómo los niños dejaban en la cubeta un par de objetos, luego la bajaban y se iban a su casa. Esperó unos minutos más, hasta asegurarse de que ya estaban dormidos y nadie saldría a la llanura. Saltó la barda que delimitaba su propiedad, y caminó sigilosamente y agazapado hasta e pozo. Con mucho cuidado y silencio, subió la cubeta. Con sorpresa y dudas descubrió que había tres manzanas en ella.
En su mente comenzó a elaborar teorías al respecto. Tal vez había alguien abajo obteniendo el oro y esas manzanas eran su cena, o podría ser una especie de pozo mágico que convertía las manzanas en el preciado metal amarillo. Conforme más imaginaba, más raras eran sus teorías, y el tiempo seguía corriendo, así que decidió dejarlas a un lado y continuar con su misión. Quitó las manzanas, quedándose con una por si le daba hambre, y como pudo se acomodó en la cubeta. Luego de asegurarse que aguantaría su peso, tomó la cuerda y comenzó a descender en el pozo, con un brillo de avaricia en los ojos tan intenso como el del oro que lo esperaba en aquella profundidad tan oscura.
Cuando amaneció, los niños fueron directamente al pozo, como ya acostumbraban. Pero entonces el más pequeño de ellos descubrió en el suelo dos de las manzanas que habían dejado a noche anterior. Se preguntaron qué habría pasado, si a sus amigos del pozo no les habrían gustado o si sólo querían una. A su vez, tomaron la cuerda de la cubeta, pero esta vez no pudieron. El peso era mucho, así que entre los tres usaron todas sus fuerzas para lograrlo.
Tardaron unos minutos en subir por completo la cubeta. Al verla, supieron el motivo del peso: estaba llena de piedras doradas, una cuantas incluso se habían caído por el borde. Los niños estaban felizmente asombrados. Era más oro que todo el que habían conseguido en días anteriores. Comenzaron a depositarlo a un lado del pozo, y conforme vaciaban la cubeta reían y se decían las muchas cosas que podrían comprar ahora, y también comenzaron a preguntarse cómo se lo dirían a sus padres.
Cuando terminaron de vaciar la cubeta, vieron que la acostumbrada nota estaba ahí, en el fondo, pero acompañada de un pantalón y una camisa que les parecían conocidos. Ansiosos, leyeron al unísono el papel. Al terminar, palidecieron y de inmediato fueron en busca de clavos, madera y piedras para tapar el pozo.
La nota decía "Nuestros expertos han analizado el alimento. Carne blanca de primera calidad. Exquisita, nutritiva, lo mejor que hemos probado. Enviamos agradecimiento. ¿Tienen más? Podríamos ir por ella".