2 nov. 2014

Calavera

Me miro al espejo antes de salir del auto. La luz del día recién comienza, y es precisamente entre las sombras que puedo distinguir la silueta de mi rostro, la silueta interna, mi calavera. Y pensar que algún día sólo eso quedará de mí.

Entro al camposanto con paso sereno; quiero mostrar respeto al lugar que visito y a quienes ahí residen. Entre las lápidas me hago camino para llegar con mis familiares. Cada año que pasa es más complicado no invadir los sitios de reposo ajenos, pues este cementerio sigue albergando nuevos inquilinos cada día. En ciertos momentos, pensar en ello resulta preocupante e incluso causa cierta indignación, pero en estos días y noches pareciera que tiene el efecto contrario.

Los visitantes corpóreos no muestran la tristeza cotidiana; más bien parecen estar contentos, tienen una expresión de ansiosa expectativa que los motiva a continuar con los preparativos. Cada lápida es adornada con distintos artículos, siendo las flores quienes prevalecen como un recordatorio irónico de que la muerte paseará estas noches, pero no como siempre, sino con una actitud muy diferente, casi benévola.

Hay lágrimas, claro. Muchas ausencias son recientes, y el dolor aún no se ha disipado de sus familiares; no puedo culparlos por querer retener un poco de la vida de esos seres, pero sé que es doloroso y que el mismo tiempo se encargará de cicatrizar de alguna manera esas heridas.

Incluso hay algunos olvidos, personas que ya no conservan más nexos de vida con este mundo y cuyos sepulcros se encuentran tan austeros como en cualquier otra fecha. No todos son así, pues en algunos casos, los más tristes a mi parecer, han muerto dos veces: una en cuerpo, otra en recuerdos. Lo más que se puede hacer por ellos es demostrarles que su lugar de descanso sigue siendo visitado.

Ya he llegado a donde está mi familia. Algunos se encuentran de pie, en solemne guardia y conmemoración, mientras que otros yacen algunos metros más abajo, en su espacio terreno reservado. Irónicamente, es al cielo a donde miro para recordarlos mejor. Algún día dejaré este mundo y, si la creencia es correcta, tendré el gusto de reencontrarme con muchos conocidos en la que espero será una celebración grandiosa por los recuerdos que compartiremos. Y la lista de invitados sigue creciendo...

 

Aún no nos alcanza la señora Muerte, irónico es que la Vida tiene la misma suerte. Miramos al pasado, la nostalgia nos embriaga con cada recuerdo de nuestras andanzas y de la compañía que tuvimos y tenemos, de quienes están vivos y de quienes ya han muerto. Del camino de la vida conocemos el destino e ignoramos su tiempo, soñamos que nuestro turismo será casi eterno, renegamos de la edad y del paso de los años, fingimos que los recuerdos no nos hacen daños, nos disfrazamos de invencibles cuando somos más vulnerables, atacamos con chistes lo funesto e inevitable. Es la manera en que enfrentamos a la muerte, permitiendo que nos visiten quienes ya no están presentes, y nuestra propia calavera vislumbramos con alegría: sabemos dónde vamos y que nos todos nos reuniremos algún día.