17 nov. 2010

Sueños

Una taza de café más. Creo que es la sexta de la noche y recién el reloj ha marcado la una de la mañana. Siento los efectos de la cafeína recorrer mis venas, desencadenando el ligero tic nervioso de mi pierna derecha, ese en el cual tamborileo como si de un concierto de heavy metal se tratara. Puedo percibir esa sensación característica de la bebida, como una ligera descarga de adrenalina que sacude mi cuerpo, avanzando como veneno. Pero este no es veneno, sino todo lo contrario. El café es lo que me ha mantenido de pie, vivo.
Es ya la tercera noche que estoy así, con los ojos vidriosos, casi rogándome que les permita descansar. Me han hecho notar lo demacrado que me veo tras estos día sin sueño, pero no puede ser de otra manera. La sangre agolpada en ellos no ayuda mucho a mi apariencia desalineada, confiriéndome un aspecto similar a un adicto. Lo admito, en estos momentos, el café podría ser mi adicción, pero lo juro y repito aún a sabiendas de que es el argumento principal de los adictos, no es vicio, es necesidad. Necesito el café para poder vivir, al menos con cierta tranquilidad.
En condiciones normales, es probable que yo mismo me dejara sucumbir ante el sueño y cansancio que me agobian, pero no me encuentro en condiciones normales. Al parecer, nunca lo estuve.
Quisiera decir que me mantengo despierto por simple insomnio, porque al recostarme en la cama no puedo despejar mi mente. Quisiera decir eso, que fuera verdad, que es mero insomnio, esa supuesta enfermedad o trastorno que a tantos afecta en la actualidad por el estrés. Pero no es así, esto no es por insomnio.
Incluso me gustaría responder a esas preguntas de mis amigos y seres queridos, a esos cuestionamientos acerca de mi estado de salud por el tiempo que llevo sin dormir, con una sonrisa boba o con mi ceño fruncido. Cualquiera de las dos opciones sería válida para decir cansadamente que es el exceso de trabajo lo que me impide dormir. Ojalá les pudiese responder así, ojalá que fuera eso y no mi maldición lo que me orillará a privarme yo mismo del mundo de los sueños.
Sueños. Ese es el motivo de mi renuencia a dormir. Los malditos sueños que tengo, esos que desde hace años se hicieron presentes en mi vida y que ignoré por las creencias que me inculcaron. En mi ignorancia y fantasía, siempre los creí pequeñas ilusiones, deseos de aquello que mi inconsciente buscaba encontrar algún día de mi vida. Quise creerlos así, pero el tiempo me ha dado una bofetada enorme al mostrarme la realidad. Mis sueños no reflejan lo que deseo, son en realidad pequeñas profecías, vistazos al futuro.
Sé que muchos piensan que eso es algo bueno, un don, un privilegio, una especie de ventaja en la vida, inclusive un medio para controlar mi destino a través de la manipulación o prevención de mis sueños. Me lo han dicho muchas veces, pero créanme, no es tan sencillo. De hecho, más que una ventaja o herramienta, es un tormento constante, un verdadero calvario el tener esas visiones de lo que sucederá, especialmente porque no puedo, nunca he podido, hacer algo por modificarlas. Lo que sueño se hace realidad y yo no puedo evitarlo; una vez que aparece en mis sueños, es cosa de tiempo para que se cumpla. Es por esto que quiero dejar en claro algo: no todos los sueños son buenos, no todos deben hacerse realidad. Hay sueños que jamás deberían cumplirse…
Por ello es una maldición para mí, aunque no puedo definir cuándo comenzó todo. Recuerdo que cuando era niño llegó a suceder, pero mi edad me impedía rebasar los límites de su significado. Nunca imaginé la verdad, y si acaso lo hice, desechaba la idea por creerla simple influencia de la televisión o las películas que veía. En estos días me he cuestionado acerca de lo que hubiese sucedido si en ese entonces supiera lo que hoy sé, pero la respuesta que encuentro cada vez que me hago esa pregunta es la misma, y sólo me aterra más.
Recuerdo que, cuando llegó a suceder en mi infancia, las predicciones eran bastante simples, inclusive muy claras. La nitidez con que recordaba mis sueños sorprendió a más de uno de mis familiares y conocidos, pues dicen que pocos tienen tal capacidad, ese don, como insisten en llamarle. No soñaba todas las noches, y los sueños que llegaba a tener no siempre los contaba a otros. Las temáticas más recurrente eran la escuela, el plano afectivo de mi vida o circunstancias cotidianas que no tiene caso mencionar por su simpleza, y en ese entonces le restaba importancia a la consumación de mis pequeñas profecías. Les justificaba diciéndome que lo acontecido en mis sueños era algo que deseaba mucho, que por eso se hacía realidad. Ya saben, ese tipo de frases de cuentos de hadas, películas infantiles y libros de autosuperación.
Por supuesto, en ese entonces soñaba con ganar o perder en los juegos, con lograr pequeñas proezas infantiles, y sólo a veces, con situaciones un poco fuera de lo común. Mi mente reducía mi mundo a lo más inmediato, y por ello, lo poco que conocía me parecía el universo completo. Es la única justificación que encuentro para haber soñado con cosas que ahora me parecen tan simples comparadas con lo que ahora me presenta mi inconsciente al dormir.
Con el paso del tiempo, los sueños se hicieron ligeramente más constantes, pero la gran mayoría los olvidaba al amanecer. De ahí que tanto mi familia como yo perdiéramos interés en esa “cualidad” (me rehúso a llamarle “don”, no lo es en absoluto) de que mis sueños se hicieran realidad, y cuando percibía que sucedía, lo atribuía a la suerte. Grave mi error al considerarles así y no lo que eran: predicciones, muestras del destino.
Muchos años pasé así, recordando sólo algunos esbozos de las proyecciones inconscientes en mi mente, sin darles la importancia debida. Así fue hasta hace poco tiempo, ya que comencé a soñar de nuevo. Lamentablemente, hubo una variable que desapareció de mis sueños de niño. Anteriormente, era capaz de soñar logros, situaciones de éxito, pero ahora se ha eliminado esa posibilidad. Sólo sueño tragedias.
Al principio recurrí a la negación, me oculté en la creencia de las coincidencias, que mis sueños sólo eran casualmente parecidos a los acontecimientos. Pero la casualidad comenzó a percibirse más como causalidad, y cada sueño plasmado en mis recuerdos era posteriormente corroborado por todos mis sentidos al estar despierto.
En los últimos meses he soñado distintas cosas, desde pequeños pero fatídicos accidentes hasta catástrofes que han cobrado varias víctimas, e inclusive, severas traiciones de seres queridos… Todas esas situaciones las pude ver en mis sueños , y cada una de ellas ocurrió poco después. Tal vez los hubiese soportado si fuesen esporádicos, pero la posibilidad de que soñara al dormir fue incrementando con el paso de las semanas, hasta el punto de que cada noche tenía uno de estos tortuosos sueños. Conforme aumentaban mis sueños, mi deseo por dormir fue disminuyendo, pero como han de saber, mientras más se priva uno del descanso, más se es propenso a soñar. Me encontré entonces entre espada y pared: si duermo, soñaré; si no duermo, evitaré ver esas profecías, pero poco a poco iré quedando más vulnerable al cansancio de mis ojos, y en el momento en que caiga tendré un sueño largo y profundo. Mucho temo que sea ese mi último sueño...
En otras palabras, sólo estoy retrasando lo inevitable. Por eso ya no puedo darme el lujo de dormir. No me importa que la cafeína se convierta en mi nueva sangre, o que deba suministrarme constantemente dosis de azúcar. Estoy dispuesto incluso a desprender mis párpados, pero no estoy dispuesto a dormir. No quiero ver otra vez esas imágenes, los accidentes, las heridas, las muertes, el sufrimiento… Me es imposible continuar con tal tortura cada noche o cada vez que duermo, saber que el sufrimiento y el dolor están al acecho y que ni siquiera conociendo aquello que los originará podré hacer algo para detenerlos, o siquiera disminuirlos. Prefiero seguir aquí, despierto a través de cualquier método y evitar esas visiones.
La próxima vez que duerma será la última. El siguiente sueño que tenga será el último. Y es que hay algo que no le había mencionado a nadie: hace cuatro noches soñé que en mi último sueño soñaré mi muerte…
No todos los sueños son buenos, no todos deben hacerse realidad. Hay sueños que jamás deberían cumplirse…